25 de junio de 2010

Las dudas de Irene

El sobre estaba encima de la mesa. Instintivamente metí la mano en el bolsillo interior de la cazadora. Mi seguro de vida continuaba allí, aunque a estas alturas no podría asegurar si las fotos y los documentos servirían para salvarme o iban a significar mi perdición. Todo había sido una locura desde el principio. Ahora mismo no puedo decir en qué momento comencé a implicarme en asuntos que siempre me habían importado más bien poco. Digámoslo claro, siempre he sido una persona concupiscente. Ganarme mi dinero para pagarme mis vicios. No aspiraba a nada más. Sólo tenemos una vida y lo único que podemos decidir es cómo vivirla. Nunca he tenido grandes pretensiones ni inquietudes, y por mi cabeza no pasaba involucrarme en ningún tipo de cruzada contra las injusticias o contra los malvados. Por eso me resulta tan difícil saber por qué un buen día me dejé convencer por Raquel para buscar en la embajada aquellos documentos. Tal vez la sensación de peligro, el subidón que nos provoca el sabernos sobrepasando ciertos límites. O simplemente fue para asombrar a aquella morena recién llegada a México, con su cara angelical y su ingenua creencia en que en el mundo acaban ganando los buenos. Te puedo asegurar que ese tipo es cualquier cosa menos solidario, le dije con ese tono típico de los que están de vuelta de todo. Aquel rollo de persona enterada, con un trabajo peculiar y con muchas anécdotas que contar siempre me había servido para llevarme a la cama a universitarias ansiosas de descubrir cómo funciona el mundo. Pero Raquel fue diferente, Raquel no quería saber, quería actuar. Y el lugar de acabar en la cama con ella me encuentro en un bar cutre, en una ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo, a un tiempo apetecida y detestada cual ser que nos atrae y nos desdeña. Esperando a que vengan a buscarme y con un sobre encima de la mesa que al final decido abrir para descubrir que el asunto parece mucho más complicado de lo que yo creía.

22 de junio de 2010

Lo que ve Hilario.

Las cosas comenzaron a complicarse cuando a los pocos minutos Irene entra en el bar. Hasta entonces había pensado que Hilario se proponía vacilar a los desconocidos y que al rato vendría contando que los había dejado llamando al timbre del piso vacío que hay en nuestro edificio. Todos sabemos que Hilario tiene un extraño sentido del humor. Pero de pronto Irene entra en el bar, habla con Toño y este le da un sobre. Al principio pensé que mi lamentable estado etílico me estaba jugando una mala pasada. Nunca había visto a Irene con gafas, pero sus largas piernas y su melena rubia eran demasiado inusuales como para poder disfrazarse con unas simples gafas de sol. No se si lo que más me asombró fue que hablase en castellano con Toño o que Toño me dijese que me quedase quieto cuando intenté levantarme para ir a saludar a mi extraña compañera de piso. Creo que es mejor que te tomes un café bien cargado, me dice mientras retira la cerveza que estaba a medio beber. La noche va a ser larga. Como Toño es la típica persona que siempre sabe de qué va la historia decido dejarle hacer y me voy al WC. La verdad es que no estaba preparado para ver lo que vi. Lo que vi al salir del WC, quiero decir, que lo mio ya estoy acostumbrado a verlo.

20 de junio de 2010

El sobre de Irene.

Un tono. Dos tonos. Un tono. Esta era la señal convenida. Sabía perfectamente que no tenía tiempo que perder. Rápidamente metí toda mi ropa en la mochila, guardé el sobre en el bolsillo interior de la cazadora de cuero y me puse las gafas para salir a la calle. Sabía perfectamente a dónde tenía que ir y por quien tenía que preguntar. Si en una hora no venían a recogerme tendría que huir y buscarme la vida sola. Lo que no esperaba era aquel encuentro. La verdad es que lamentaba un poco no haberle dicho una sola palabra en todas estas semanas, pero era mejor así. Cuanto menos supiese de mí sería mejor para él. El problema es que ahora estaba apoyado en la barra del bar y tarde o temprano se daría cuenta de mi presencia. Las instrucciones eran claras y precisas. Simplemente debía decir que venía de parte de Raquel a buscar un paquete. Al poco rato tenía delante de mí un gran sobre acolchado con un número de teléfono anotado a lápiz. Después de llamar decido pedir un café y sentarme en la mesa más cercana a la puerta. Él seguía allí, mirándome con una extraña expresión en la cara y comencé a pensar que no me había reconocido. Al fin y al cabo nunca había oído mi voz ni me había visto con gafas.
Llega el deshielo. Con el verano en el hemisferio norte se abren todas las rutas a través del Mar de Beaufort. Después de tantas semanas de soledad se agradece ver algún vestigio de vida humana. Tal vez algún navegante sin rumbo fijo, tal vez alguna viajera que ha oído rumores en algún puerto lejano y decide acercarse por pura curiosidad... Ignoro las razones por las que una persona se acerca a este solitario lugar, pero agradezco la visita y sólo espero que haya encontrado algo interesante y el viaje no haya sido en vano.

16 de junio de 2010

Camas deshechas.

Cuando Hilario entró en el bar los muchachos de Tijuana ya se habían bebido dos botellas de tequila, pero el que estaba borracho era yo. Debo aclarar que mi capacidad para articular palabras disminuye a medida que bebo cervezas. Con la tercera comienzan a resistirse las erres y las des, con la quinta la pronunciación en general se hace relajada y un poco ininteligible y al pasar de la media docena suelo repetir la misma frase un par de veces sin saber muy bien lo que quiero decir. Cuando Hilario entró en el bar estaba con la décima, por lo que nadie se enteró cuando le dije “Ostias, Hilario, que estos tipos preguntan por ti!” De hecho, hacia un buen rato que los mejicanos pasaban bastante de mí y discutían quien ganaría el Mundial. Afortunadamente, la capacidad de Toño para asimilar la ginebra era similar a la de los dos tipos para filtrar tequila, por lo que con la mayor naturalidad del mundo le preguntó a Hilario si conocía a algún Hilario, ya que nuestros dos acompañantes estaban buscando a uno. Parece ser que la noticia no sorprendió a nuestro amigo, que sin dudarlo dijo que el único Hilario que conocía era su nuevo vecino, y que si querían les acompañaba allí ahora mismo. Yo había comenzado a reírme ante lo absurdo de la situación, pero creo que buena parte de la borrachera se me esfumó cuando me di cuenta de que a dónde iban Hilario y los dos desconocidos era a mi casa. Pero en lugar de preocuparme por Irene o por las intenciones de nuestros acompañantes lo que realmente me puso nervioso fue que esa mañana no había hecho la cama. Tal vez era la borrachera, pero comencé a escuchar a mi madre diciendome que antes de salir de casa había que dejar la habitación recogida y los platos fregados.