24 de enero de 2011

M. V. Compostizo

M. V. Compostizo acababa de cerrar la puerta de su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. El taxista esperaba en la calle y su marido estaba a punto de llegar. Decidió no perder el tiempo. No quería arriesgarse a que cualquier imprevisto alterara sus planes. En dos días estaría muy lejos, iniciaría una nueva vida y aquella casa formaría parte de un mal sueño, de una equivocación que duró más de quince años.

Su marido no era mala persona. Un tipo normal, con un trabajo normal y unos gustos normales. En la nota que acababa de escribir le contaba que el problema era ella y que necesitaba un tiempo para encontrarse a si misma. Era mentira. María Visitación sabía que nunca más volverían a verse, que su relación ya no le aportaba nada y que lo mejor era romper de manera brusca y sin vuelta atrás. Se iba para no volver.

A su representante le había dicho que después de publicar La mujer alevosa quería tomarse unos meses de vacaciones. Era el tercer volumen de la tetralogía y tenía más o menos decidido cómo cerrar la historia, se podía permitir descansar unos meses antes de volver a escribir. Estuvo a punto de confesarle que iba a cambiar de ciudad, que se trasladaba al sur de Portugal para dar largos paseos por las playas del Algarve pero no quiso preocuparle más. Su representante era un muchacho joven, pero no entendía eso de los paseos por la playa sin hacer nada más que pasear. Vivía con la obsesión de aprovechar el tiempo y si le confesaba que a ella lo que le pedía el cuerpo era perderlo durante una temporada comenzaría a presionarla para que terminara cuanto antes la cuarta novela.

El taxista arrancó el motor y puso rumbo al aeropuerto. María Visitación Compostizo se acomodó en el asiento de atrás y cerró los ojos. No quería pensar en nada, no quería hablar de nada y por eso no pudo ver al muchacho de la ambulancia que se desesperaba intentando contactar con número marcado con A/A en el teléfono móvil del tipo al que acababan de subir a la camilla.

21 de enero de 2011

H. Ramírez.

H. Ramirez escogió un mal día para hacerse el valiente. Era el típico conductor de claxon fácil, dispuesto a mentar a tu madre, o a la mía, si por un casual te saltabas un ceda el paso o te retrasabas un poco al arrancar el coche ante un semáforo en verde. En fin, lo que llamamos un energúmeno al volante, pero uno de esos energúmenos cobardes que son todo furia dentro del coche pero que no pasan del insulto o de algún gesto procaz mirando por el espejo retrovisor.
Pero aquel día H. Ramirez quiso ser el más chulo de la clase. El otro tenía razón al protestar, pero decidió no tolerar que le llamasen sinverguenza. Calculó que el ofendido peatón tendría poco más de metro sesenta y eso le animó a detener el coche, desabrocharse el cinturón de seguridad y salir del automóvil gesticulando y gritando "pero qué pasa, pero qué pasa"
H. Ramirez se equivocó terriblemente.
M. T. Espeleta había salido de la cárcel después de cumplir dos años por agredir a los dos porteros de una famosa discoteca de Sanxenxo. Parece ser que aquella noche estaban dos famosos políticos gallegos tomándose unos cubatillas después de estar toda la tarde haciéndose fotos mientras apagaban un incendio en el chalet de un conocido constructor famoso por pagar generosas comisiones a cambio de obtener obras públicas de la administración autonómica. Los porteros creyeron que un tipo como M.T. Espeleta sobraba en el local. Sin mediar palabra un tipo de metro noventa le puso una mano en el pecho mientras el otro le indicaba con el dedo índice que no que no que no, que esa noche no podía entrar. Los médicos que atendieron a los dos empleados de la conocida discoteca no pudieron explicar cómo una persona de apenas sesenta quilos podía causar tantas lesiones a dos armarios de casi dos metros y tampoco pudieron recuperar nunca el dedo índice que le faltaba a uno de ellos. A M.T. Espeleta le cayeron veintiún meses de prisión por agresión con ensañamiento, intento de asesinato y mutilación.
Doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta, había madrugado mucho aquel día para acudir al centro penitenciario con la ropa de Zara que había comprado el día anterior para su hijo. Debido a las tres operaciones de cadera tenía que caminar con muletas, pero el esfuerzo valía la pena ya que estaba convencida de que su hijo era buena gente siempre que se le tratara con respeto.
Sin duda, lo que provócó el terrible equivoco de H. Ramírez fue ver a un tipo vestido como un monaguillo acompañando a una señora delante de la capilla de San Caetano. Por eso, aunque no se detuvo en el paso de cebra si frenó el coche al oír la palabra sinvergüenza y salió gritanto airadamente del vehículo, como ya se ha apuntado más arriba.
Lo último que recuerda H. Ramírez es a la anciana gritando Marcelino Tomás, Marcelino Tomás, que te pierdes. Boqueó como un besugo al horno cuando sintió un terrible mazazo en el estómago. Involuntariamente se dobló hacia delante hasta encontrarse con la rodilla de M.T. Espeleta que ascendía violentamente hacia su cara. Comenzó a sentir un sabor metálico en la boca, y pensó que era la sangre que salía a borbotones del hueco que había dejado el incisivo superiror izquierdo al caerse, pero en realidad era la chapa del capó contra la que su cabeza había tropezado una vez y otra vez y otra vez y otra vez, hasta que doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta y madre del fornido Marcelino Tomás consiguió convencer a su hijo para que cejase en su empeño de enseñar educación al desafortunado H. Ramírez.

19 de enero de 2011

O'Kandeken.



No, un muchacho como tú, recién llegado de la ciudad, no puede entender lo que el Esponja quería decir cuando hablaba de jugar sucio. Ten cuidado con Harry, me repetía una una y otra vez, está dispuesto a jugar sucio para ganar esta carrera. El viejo Bob era un buen tipo, incluso cuando estaba sobrio. Ya no quedan tipos como él. En las ciudades no os hacen así. Llegáis aquí creyendo que sois aventureros o tipos duros por pasar cuatro días viviendo en las montañas del parque Fishing Branch o por practicar deportes de riesgo pero si las cosas se ponen feas pronto acude el helicóptero de la RCMP para rescatar a cuatro imbéciles antes de que se congelen.

El viejo escupió en el suelo de madera, acabó de un trago la jarra de la cerveza amarga que bebía y pidió otra para él y otra para mí. Simplemente le había preguntado si el husky que estaba tumbado a sus pies era suyo y había comenzado a hablarme de las carreras de trineo.

Tú aún no habías nacido cuando Dawson City era la ciudad del oro y las carreras de trineos la diversión preferida de todos aquellos que estaban dispuestos a gastar en una apuesta todo lo ganado en un mes. Había mucho dinero en juego y todos los meses llegaban trineos de Alaska, del territorio del Yukón e incluso de las tierras altas de Groelandia. Y creeme muchacho, aquella era la madre de todas las carreras. Veinticinco mil dólares para el ganador, y según las casas de apuestas de Londres el favorito era yo. Si, no me mires con esa cara de muchachita a la que le tocan el culo por primera vez. Este amigo y yo hemos ganado siete veces la mítica Inuvik-Mar de Beaufort, me dijo señalando al perro, y habríamos ganado aquella maldita carrera de no haber sido por el juego sucio de Harry.

Volvió a escupir al suelo, se giró hacia el otro viejo y le preguntó si recordaba a Harry. Lo único que recuerdo es que desapareció justo después de ganarte la carrera, contestó el otro.

-Maldita sea, viejo estúpido, Harry tuvo lo que merecía. Tú habrías hecho lo mismo!!

-Yo sólo se que desapareció después de la carrera, y tú harías bien en callarte de una vez. Al jovencito de ciudad no le importan tus batallitas de viejo borracho y nunca se sabe quién escucha...


-Al diablo quien escuche. Han pasado más de treinta años y nadie se va a preocupar por dónde están los huesos de aquel bastardo.


El viejo volvió a mirarme, levantó su jarra y señalándome con un dedo dijo que no tenía cara de andar hurgando en la vida de los demás. En ese momento no supe muy bien si se trataba de una advertencia o de un cumplido por lo que decidí levantar también mi jarra y hacer una especie de saludo antes de beber

Este que ves aquí se llama O'Kandequen, que en inuktitut quiere decir "el de larga vida". Su madre era una Malamute de Alaska y su padre un Samoyedo de Siberia que yo mismo rescaté en el Golfo de Alaska con una pata rota. Aunque no lo creas, tiene treinta y tres años y durante casi dos décadas fue el mejor perro de tiro del Ártico. Por eso aquella mañana, mientras nuestros trineos avanzaban emparejados, Harry intentó golpear a O'Kandequen con su látigo de cascabeles. Trabé la brida izquierda para proteger a mi guia, el trineo zigzagueó y una de las bolas se incrustó en mi ojo derecho, dijo el viejo mientras levantaba el parche que cubría su inexistente ojo.

Esta vez fuí yo el que pedí otras tres jarras. Bebimos en silencio.
- Yo habría hecho lo mismo, dijo el otro viejo al cabo de unos minutos.
- Perseguí a Harry durante tres semanas. Siempre hacia el norte. De los nueve perros que llevaba mi trineo sólo O'Kandequen sobrevivió. Harry me ofreció los veinticinco mil dólares a cambio de su vida. Yo me cobré mi venganza, dijo mientras clavaba un largo cuchillo en la barra de la taberna, su dinero está todavía en algún lugar del delta de Mar de Beaufort.
 
---- Para saber más:
01: Dawson City

13 de enero de 2011

Nociones de astronomía III: la entrada en la atmósfera terrestre.



Para entrar en la atmósfera terrestre las naves espaciales y algunos ovnis tienen unos escudos térmicos que protegen el chasis y todas las piezas del calentamiento aerodinámico al que se ven sometidas. Puede parecer extraño que sea necesario proteger algo para entrar en el aire, pero así es. El rozamiento producido por las altas velocidades que alcanzan estas naves es tan fuerte que la temperatura aumenta hasta los 1.500 ºC con gran facilidad. Si esta temperatura se mantuviera demasiado tiempo la forma del vehículo comenzaría a cambiar, los sistemas eléctrónicos fallarían y la tripulación acabaría como aquel pollo que mi madre olvidó sacar del horno en la gloriosa Nochebuena del año 97... pero esa es otra historia.

Hace medio siglo se descubrió que el escudo térmico era más efectivo si ténía forma de plato ya que se incrementa la resistencia y se crea una onda expansiva delante de la nave espacial al chocar con la atmósfera, desviando el calor hacia el exterior. Por este motivo los ovnis tenían, en su mayoría, forma de plato. Ahora se utilizan escudos magnéticos cuyo funcionamiento es un poco más complicado pero que ha permitido que las naves de la NASA penetren en la atmósfera sin perder piezas y que proliferen cada vez más los ovnis triangulares, cuadrados e incluso, por la zona de Galicia, ovnis con forma de vieira.


Pues bien, en estas fechas en las que muchos regresan al trabajo después de unas pequeñas vacaciones se hace cada vez más necesario disponer de un escudo para no sufrir desperfectos irreparables en nuestro estado de ánimo. Cuanto más largo ha sido el periodo de descanso más fuertes son las fricciones y más grande debería ser el escudo. Así, en lugar de forma de plato, el escudo para la reentrada en el puesto de trabajo debiera tener forma de sombrilla, de antena parabólica o incluso de carpa de circo. Y es que el contacto con ciertos elementos laborales puede incluso provocar una desintegración instantánea si no tomamos las precauciones oportunas.

12 de enero de 2011

Dawson city.

En la taberna de Dawson City cada bebedor estaba dispuesto a contarte una historia a cambio de un poco de atención. Tipos duros y solitarios que buscaban contacto humano después de unas semanas en ruta; jovenes envejecidos por el alcohol y el frío intenso del ártico; un par de ancianos que llegaron a la ciudad en la segunda fiebre del oro, cuando Dawson City rivalizaba con Whitehorse por ser la capital del territorio del Yukón. Alli no se hacían preguntas a los forasteros, pero tampoco se ofrecían respuestas. Si escuchabas atentamente podías acabar la noche con material para escribir un par de novelas pero si intentabas saber más de la cuenta pronto te encontrarías bebiendo solo. No, amigos, los preguntones no eran bien recibidos en la taberna de Dawson City. Tampoco los turistas, que llegaban cada vez en mayor número, se atrevían a entrar en aquella destartalada caseta de madera. Y debo confesar que tampoco yo habría entrado jamás de no haber sido por una serie de absurdas coincidencias que me habían llevado a recorrer los casi tres mil kilómetros que me separaban de Kelowna. 

7 de enero de 2011

Propósitos para un nuevo año.

Queridas seguidoras, lector@s de este sitio y navegantes que por casualidad cruzáis estos mares, quiero aprovechar la primera anotación del año para desearos un muy feliz y generoso 2011.
Hace un año comenzaba yo a escribir este cuaderno de bitácora sin tener muy claro lo que quería hacer o lo que quería contar. Para que engañarnos, todavía no lo tengo claro, pero hay un par de ideas en mi cabeza que espero poder llevar a buen puerto. Ojalá que os guste!
No tengo muy claro cuantas personas pueden leer estas letras, pero como una vez dijo un Hobbit, "No conozco a la mitad de ustedes ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece". Simplemente gracias.
La verdad es que me resulta muy estimulante saber que si pones Mar de Beaufort en google ya sale este blog. Tal vez un regalo de los Reyes Magos...
Pues lo dicho, que tengáis un lindo 2011 y regreséis, de vez en cuando, a navegar por estos mares.