1 de diciembre de 2011

La mano imposible.

Que me crean o me dejen de creer no tiene para mí la menor importancia. Nada tiene ya importancia. Después de los acontecimientos de esta madrugada nada será lo mismo para nosostros, y probablemente tampoco ustedes podrán dormir tranquilos cuando lleguen al final de este relato. Como cada noche nos acostamos a eso de las doce. Yo a la derecha y mi marido a la izquierda, como la mayoría de los matrimonios. Por motivos de espacio la cuna de la niña está en mi lado de la cama, y sólo tengo que alargar un poco mi mano para ponerle el chupete o acariciarle la cara cuando se sobresalta por algún motivo.

Recuerdo perfectamente que a las dos y veintisiete la niña se despertó.  Metí mi mano entre los barrotes de la cuna y no me resultó difícil acercarle el chupete a la boca. Después de un par de gemidos volvió a dormirse y la habitación quedó en silencio. Un perro ladraba al otro lado del río y me entretuve escuchando el ruido de la lluvia contra los critales mientras aguardaba por las dos campanadas que indicaran las dos y media en el reloj de la iglesia.

Sonó una campanada y de pronto la niña volvió a llorar. Intenté repetir la maniobra del chupete pero mi mano se topó con algo. Asustada encendí la luz. Mi hija se había puesto de pie y señalaba hacia la ventana mientras gritaba e intentaba colarse entre los barrotes de la cuna. El viento había subido de intensidad y eso la habrá sobresaltado, supuse. Me levanté para acostarla de nuevo mientras su padre, aletargado por el sueño, me decía que primero el huevo y después el pan rayado.

Tardé unos minutos en volver a dormirme. Comencé a soñar con un perro cojo caminando bajo la lluvia y un camión sin luces que venía hacia mí. El conductor tocaba insistentemente el claxon pero yo no podía apartarme, permanecía de pie en medio de la carretera y mirando para aquel perro que de pronto comenzaba a ladrarme furiosamente con la boca llena de espuma y los ojos ensangrentados... Empapada en sudor me incorporé en la cama. La lluvia y el viento habían cesado y el silencio era ensordecedor. Volví a tumbarme.

Eran las cuatro de la mañana cuando la niña volvió a gritar. Esta vez mi mano se coló entre los barrotes sin ninguna dificultad, pero en la cuna no había nada. Palpé con mis dedos el vacio, busqué hacia un lado y hacia otro pero debajo de las sábanas no había ni rastro de mi hija. De pronto sentí algo frío sobre mi brazo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando una mano grande y helada agarró con fuerza mis dedos. Aterrada intenté zafarme mientras comenzaba a gritar. Al encender la luz descubrimos a nuestra hija acurrucada en una esquina de la habitación, con el pijama empapado y jugando alegremente con sus manos. Un pequeño reguero de agua se extendía desde la cuna hacia la ventana.