20 de abril de 2012

Beatriz Consuegra



Beatriz Consuegra tiene cuarenta y tres años y un ex-marido que mientras preparaba las oposiciones para registrador de la propiedad tuvo tiempo para hacer dos hijas y ahora que ocupa un cargo político ni siquiera tiene un momento para ir a recogerlas a la escuela. Beatriz Consuegra se organiza bien ella sola, pero no puede soportar que el machista cretino que una vez fue su marido sea ahora el máximo responsable de la política de igualdad y bienestar social de la administración autonómica y siente ganas de patear la televisón cada vez que al flamante conselleiro aparece hablando del empoderamiento de la mujer, de la responsabilidad compartida y de los planes para promover la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.

Por suerte, Beatriz Consuegra no dispone de mucho tiempo para ver la televisón. Trabaja en uno de esos hipermercados franceses que se instalaron en nuestro país a finales de los años ochenta y que obligaron a los padres de Beatriz a malvender su tienda. Un gran cartel a la entrada de los vestuarios le recuerda que ella es la sonrisa de la empresa, y sonríe pensando en los pocos motivos que para sonreír le proporciona la empresa. Después de quince años y de muchas explicaciones sobre la legislación laboral vigente, deducciones para el IRPF y cotizaciones a la seguridad social cobra exactamente lo mismo que a finales de los años noventa, pero según su supervisor es una trabajadora ejemplar y un orgullo para la directiva.

Veinte minutos antes de comenzar su turno Beatriz ya está tarareando una canción de Juan Perro en el departamento de menaje del hogar del supermercado. Algunos clientes la miran sorprendidos mientras sonriente reordena la estantería de las ollas de aluminio. Diríase que es una mujer feliz con su trabajo, que se siente satisfecha y que la empresa recompensa su buen hacer de manera justa y ejemplar.

Sin embargo la felicidad de Beatriz radica, simplemente, en las notas de amor que cada viernes alguien deja dentro de las cacerolas Inoxibar. La primera vez pensó que era una broma de algún compañero. Un pequeño sobre de color azul turquesa con un sencillo "Para Beatriz". Al abrirlo descubrió una cuartilla escrita a mano con un poema que hablaba de ella. Su primera reacción fue bastante fría. Para emociones fuertes ya tenía a sus ex-suegros. Sin embargo a la semana siguiente descubrió otro sobre y dentro del sobre otro poema. Miró a su alrededor pero sólo vió una señora con un imán probando si las sartenes servían para las cocinas de inducción y un tipo bajito con barba que comparaba moldes para hacer flanes. Nadie parecía prestarle atención y supuso que el sobre lo habían dejado allí el día anterior, o a primera hora de la mañana.

Durante los siguientes dos meses Beatriz Consuegra recibió un poema cada viernes y si hoy está especialmente inquieta es porque ayer, presa de la cuiriosidad, dejó en la cacerola Inoxibar una carta para su admirador secreto. En un tono desenfadado le confiesa que se siente muy halagada con sus poemas y que tiene ganas de conocerlo. Que se pase por la sección de menaje de cocina para poder charlar un rato y tal vez quedar para tomar una cerveza.

Pero el alegre alboroto de Beatriz Consuegra se convirtió en preocupación cuando descubrió que una religiosa de las Merceditas Descalzas de la Buenanueva se dirigía con paso firme hacia una de las cajas con la cacerola de Inoxibar en la que había depositado tantas ilusiones.

17 de abril de 2012

Las cien primeras!


Escribir la entrada número cien después de más de dos años no dice mucho sobre mi capacidad creativa. Celebrar que en total he publicado menos de un relatillo por semana puede parecer un poco absurdo, sobre todo teniendo en cuenta que no todos eran publicables y que hay algunos que todavía esperan ser leídos. Pero qué demonios, yo estoy contento.

Se que son malos tiempos para los blogs, que ahora está de moda eso de los cientoypocos caracteres y que hay tal exceso de información, de curiosidades, de ingenio y de pequeñas obras de arte en la red que me siento agradecido y satisfecho con las visitas que recibe este sitio. Quiero pensar que además de la familia y amistades hay personas al otro lado que sin conocerme personalmente siguen lo que escribo.
Otra cosa es saber exactamente qué es lo que escribo. A menudo me pregunto qué es lo que quiero contar, si estos personajes que a veces aparecen sin que yo los invite vienen para quedarse o están de paso, si su existencia es exclusivamente virtual o si pretenden dar el salto hacia el papel... Preguntas que nunca obtienen respuesta pues si algo me caracteriza es la inoperancia resolutoria. Me paso los días y los años cuestionándome a mí mismo, lo que hago, lo que quiero hacer, lo que escribo y lo que pretendo escribir y al final decido que lo mejor es comenzar, y que ya veremos a dónde nos llevan las frases. Y comienzo, recomienzo y vuelvo a comenzar.

Tal vez por eso tengo la sensación de estas cien entradas que hoy se cumplen no son más que el comienzo de algo; que pronto habrá novedades en las historias que han quedado olvidadas; que tal vez regrese algún personaje que las amables seguidoras de este blog ya comenzaban a echar de menos y que posiblemente antes de llegar a la entrada ciento cincuenta termine por fin la maldita novela que tengo repartida entre mis viejos cuadernos y mis nuevos documentos open office.

Mientras tanto te agradezco que te pases por aquí de cuando en vez, que me leas, que te hagas seguidor, que digas en facebook que te gusta o que de algún modo hagas algo que me demuestre que hay alguien al otro lado. Y si eres un lector anónimo, si has llegado aquí por casualidad y no tienes pensado darte a conocer no te preocupes, mis agradecimientos son también para tí.
 Recibe un saludo y espero que que la visita haya merecido la pena.

16 de abril de 2012

Blue glass



 A través de cristales opacos arrinconamos
pedazos de la triste esencia que queremos olvidar:
palabras iracundas,
                             temores,
                                             cobardías inciertas
o la cruel certeza de aquello que nos iguala.

Abandonamos en los márgenes de los días
las agónicas verdades que cristalizan en nuestros sueños
hasta que se rompen en mil pesadillas.

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3 de abril de 2012

Sueños del pasado.



Caminaba por paisajes oníricos y el horizonte ardía entre redes de maleza y sombras. Extraños vehículos fluían sobre ríos de negra lava y sus ocupantes me miraban al pasar con brillantes ojos ancestrales. Dos luces azules se detuvieron a mi lado, hombres vestidos de verde me interrogaban con palabras y querían saber quien era y de donde venía. Intenté comunicarme con ellos pero no supe hablar. Malinterpretaron mis gestos de desesperación y quisieron sujetarme por los brazos. Huí.

Dos estampidos sonaron detrás de mí. Al girarme los dos hombres me señalaban con pequeñas piezas de metal mientras sus congestionados rostros enrojecían de cólera y sorpresa. Sus ojos expresaban odio y rabia contenida y supe que no me entenderían. A lo lejos extrañas luces comenzaban a encenderse y en el cielo aparecieron miles de pequeños pájaros que volaban hacia el sur. Una onda sonora estridente y profunda nos rodeó, mis perseguidores se miraron sorprendidos y yo me escabullí entre la maleza.

Corrí sin descanso, atravesando prados y cauces secos de pequeños riachuelos. Corrí sin rumbo y sin mirar atrás. Corrí durante horas hasta que llegué a un laberinto de cemento, cristales iluminados y extraños carros de colores que se movían de un lado para otro. El ruido era cada vez más ensordecedor, el aire irrespirable. Tuve que agazaparme detrás de un gran cubo de plástico amarillo. Humanos como yo iban de un lado para otro, algunos con bolsas de cuero o pequeños maletines en las manos; otros con pequeñas y antiguas unidades de comunicación en las orejas, como si para hablar entre ellos necesitasen todavía artilugios electrónicos.

Comprendí que estaba perdida en una de las ciudades de las que Kubrick tantas veces me había hablado. Nadie me ayudaría, nadie repararía en mi presencia pues los habitantes de las ciudades del siglo XXI vivían encerrados en sí mismos, preocupados por obtener riquezas y ocupando su tiempo en actividades inútiles y absurdas que denominaban "ocio". Todavía no habían descubierto las energías quasar y pensaban que sólo existían cuatro dimensiones. Ignoraban completamente las señales que los viajeros galácticos habían dejado y se burlaban de aquellos que creían en la existencia de otros mundos.

Triste, decepcionada y abatida me dejé caer sobre pequeñas losas cuadradas de caliza y arena. No comprendía nada, no tenía a donde ir e ignoraba como había llegado a un lugar tan irreal. Anocheció y comencé a soñar que caminaba por paisajes oníricos mientras el horizonte ardía entre redes de maleza y sombras.