31 de octubre de 2012

Las extrañas señales en el cielo.



Delante de mí caminaba una muchacha con medias negras y minifalda azul aunque lo que yo miraba disimuladamente era la bonita bufanda a cuadros con la que se guarecía del frío seco de principios de octubre. Extrañas señales en el cielo me habían despertado de un sueño inquieto y pegajoso en el que soñé que soñaba con un tiempo remoto en el que un hombre extraño y solitario me hablaba sin hablar. Busqué a tientas las gafas en la mesilla de noche, me incorporé empapado en sudor y comprobé que un gato vidrioso me observaba desde el otro lado de la ventana. -Pasa ghato!- le grité a modo de ensalmo, turbado todavía por las extrañas imágenes que no me dejaban pensar con claridad.

Después de un desayuno completo a base de frutos secos, zumo de tomate y zanahoria y tres rebanadas de pan integral con queso fresco salí a la calle. Ya en la acera no tenía claro hacia donde caminar (total, para lo que tenía que hacer...) y al ver las piernas de aquella morena aquella bufanda tan bonita decidí caminar hacia la zona vieja para hacer un poco de tiempo antes de acercarme a la Taberna de Beaufort para tomar unos albariños con Ramón y hablar sobre la crisis de la izquierda y sobre el montón de setas que habían dejado las últimas lluvias.

 
Iba distraído, la verdad. Tarareaba la musiquilla de una canción de los años ochenta mientras seguía cavilando sobre el absurdo sueño de la noche pasada cuando de pronto la chica de la minifalda desapareció. No, no me entiendan mal. No quiero decir que se metiera en algún comercio o que tomara alguna de las callejuelas que hacen del casco antiguo de Compostela un sitio ideal para deambular sin rumbo y sin prisas. Cuando digo que la muchacha desapareció quiero decir que dejó de estar, que caminaba tranquilamente a unos escasos dos metros por delante de mí cuando de pronto desapareció, dejó de existir, se esfumó ante mis ojos. Me detuve en seco y miré a mi alrededor, esperando encontrarme a un par de cretinos con una cámara haciendo uno de esos estúpidos programas de cámara oculta de la telegaita*. Todo parecía normal. Nadie se había detenido, salvo yo, y nadie parecía haberse percatado ni de la presencia ni de la posterior desaparición de la joven de la bufanda a cuadros.

A punto estaba de seguir mi camino cuando descubrí en el suelo un extraño libro. Su color era indefinido, diríase que cambiante y su título estaba escrito con unos caracteres que para un ignorante iletrado como yo parecían medievales, pero vaya usted a saber. Las crónicas del astillero, ponía, memorias de un futuro olvidado. Supuse que era una de esas novelas fantásticas para adolescentes que no te tienen otra cosa que hacer que leer sobre amores entre vampiros y lobishomes. Debo confesar que ante los libros tengo la misma actitud que ante el trabajo, cuanto más lejos mejor. Por eso ni siquiera me incliné a recoger aquel extraño volumen sino que disimuladamente le propiné una patada para ocultarlo debajo de un contendor mientras que miraba hacia las extrañas señales que seguían prendidas en el cielo.


 


* Telegaita: f. coloq. En determinados ambientes reivindicativos, forma sarcástica de referirse a la  Televisión de Galicia.

19 de octubre de 2012

Error en el hipermercado.



Sor Beatriz atravesaba veloz la sección de pastas, arroces y legumbres. Había dejado el Seat Panda del convento aparcado en la parada de autobuses y como apareciese la policía local no la libraría de la correspondiente multa ni dios. Era una de esas mañanas en las que no le importaría lo más mínimo mandarlo todo al diablo. La madre superiora le había afeado su pereza a la hora de levantarse y como penitencia le había encomendado ir a comprar una olla nueva. Al ir a buscar el coche la entrometida de Sor Remedios le había preguntado una otra vez si era necesario que fuese en coche, que la gasolina estaba cara y que nada mejor que un paseo matutino para mantenerse en forma. Tardó media hora en convencerla de que estaba cayendo el diluvio y otra media en encontrar las llaves del Panda. Para colmo, al llegar al hipermercado no había sitio para aparcar por lo que tuvo que dejar el coche en la parada de autobuses. Que sea lo que dios quiera se dijo mientras se dirigía a la sección de menaje de cocina para comprar de una santa vez la dichosa olla. Y justamente cuando llegó a la caja para pagar cayó en la cuenta de que se había olvidado el monedero en el coche.

En ese mismo instante, una mujer de unos cuarenta y tres años atravesaba la sección de conservas, salsas y aceitunas en dirección a la única caja que se encontraba abierta en ese momento. Su intención era simplemente llegar antes que la monja y poder mirar en el interior de la olla cuando esta la depositase en la cinta para pagar. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar a la caja no había rastro de la monja ni de la olla. Desconcertada echó un vistazo alrededor para comprobar que la religiosa había decidido volver sobre sus pasos y se dirigía nuevamente a la sección de menaje, haciendo aspavientos con una mano mientras en la otra sostenía la olla. Como aquel embrollo estaba durando demasiado decidió que lo mejor sería acercarse a la monja y pedirle que le dejase inspeccionar el interior de cacerola para comprobar que reunía las condiciones necesarias para la venta.

Mientras tanto, agazapado detrás de los lácteos un tipo pequeño con barba observaba con tanta atención lo que ocurría en la caja tres que hizo sospechar al vigilante de seguridad. Sus sospechas se convirtieron en claros indicios de delito cuando el hombre comenzó a trotar hacia una monja que llevaba en sus manos una olla y sin el menor reparo se la arrebató de las manos. Jesús, María y José, exclamó Sor Beatriz asustada no tanto por el hombre con barba que le había arrabatado la cazuela de las manos, sino por la mujer de unos cuarenta y cinco años que de pronto había aparecido por su derecha pidiéndole que le entregase la olla para una inspección rutinaria. Por si fuese poco, se unió al grupo un guardia de seguridad que le pidió al hombre de barba que hiciese el favor de devolverle la olla a la monja y de acompañarle a la puerta. El hombre, avergonzado, le entregó la cacerola a la monja mientras le decía al guardia que su nombre era Marcelino Tomás y que las cosas no eran lo que parecían.

18 de octubre de 2012

Marraxo & chips.



Nunca debí aceptar la propuesta de Hilario. Después de los sucesos aquí relatados y nunca explicados de forma coherente tendría que haber cerrado las puertas de la Taberna de Beaufort y marcharme para mi casa antes de que Hilario comenzase a contarme aquel extraño suceso del que nada bueno podría salir.

Pero es superior a mi. Solamente hacen falta un par de cervezas para comenzar a enredarme, y a la cuarta ya es fácil convencerme de casi cualquier cosa. De este modo, después de que los americanos acompañaran tres botellas de buen albariño con dos raciones de mejillones al vapor, cinco de pulpo y las tres docenas de croquetas de jamón que doña Sonia había preparado para el menú del día siguiente, Hilario comenzó a hablarme de que necesitaba mi ayuda para llegar a Cedeira aquella misma noche.

-  ¿A Cedeira? ¿Pero qué demonios tienes que hacer en Cedeira?
- Yo nada -me contestó mientras terminaba de un trago la cerveza- pero estos dos tienen que ir a investigar. Al parecer son expertos en ese tipo de fenómenos.
- No se que decirte, la verdad. Parecen un poco alelados, aunque puede ser por el festín que se están dando. ¿Cuánto hace que no comen?
- Ni idea, a mi me llamaron para que los fuese a recoger al aeropuerto y los llevase lo antes posible a Cedeira.
- Pues cuando descubran las raciones de marraxo van a flipar.
- ¡Es verdad! Oye, que si salimos ahora aún nos da tiempo a cenar allí. ¿Aún tienes el Renault 9?
- Por supuesto... aunque probablemente tengamos llenar el depósito a medio camino para llegar. Traga más que un banco gestionado por un político de derechas venido a menos...
- No capto el sarcasmo-me contestó Hilario- pero por la pasta no te preocupes, que pagan los americanos. Tu vete a por el coche que yo les voy explicando que esta noche cenarán traditional fish and chips of Galicia.



4 de octubre de 2012

4


El cuatro es un número que se deja querer. De los cinco primeros es sin duda el más campechano, el que no tiene extrañas connotaciones ni estúpidas rimas. El uno es único, la soledad, el primero. El número dos es siempre el que dirige el cotarro, la otra parte de la pareja, el que puede hacer que el uno duplique su valor si te permiten llevar dos por uno en el supermercado. El tres es el tercero en discordia, los tres pies del gato, el hijo que polariza la relación de la pareja creando un triangulo invertido que puede desquilibrar una familia.

Pero el cuatro... el cuatro mola.

El cuatro aparece tan tranquilo y le dice al tres que aún necesita un uno para igualarle, y al dos le recuerda que lo dobla en número. El cuatro es la simetría, es el grupo perfecto. Los cuatro fantásticos, los Rolling, los cuatro jinetes del apocalipsis y los cuatro evangelistas. La naturaleza tiende al cuatro, hay cuatro puntos cardinales, cuatro estaciones, cuatro elementos primigenios y nuestro corazón tiene cuatro cavidades.

El cuatro es un número tabernario, indispensable para una buena partida de tute, para sentarse en una mesa a charlar y tomar unas cervezas (cada vez que pides una nueva ronda puedes llevar fácilmente dos en cada mano) e incluso para pedir un taxi y no conducir el cuatro es el número más práctico y económico.



Y que decir de las familias. En estos tiempos en los que nuestras futuras pensiones están en peligro el cuatro es el número solidario, dos hijos por pareja aseguran que en un futuro haya por lo menos una persona cotizando por nosotros. Por no hablar de la tranformación que supone convertir el triangulo asimétrico de los sentimientos paterno-materno-filiales en un cuadrado perfecto, en algo completo y estable.

Si amigos, el cuatro mola. Por eso, aprovechando que hoy es cuatro de octubre, merece la pena detenerse a pensar en las cuatro virtudes cardinales de las que ya hablaba Platón: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. Vienen tiempos de crudo invierno en los que tendremos que hacer acopio de toda nuestra fortaleza y templanza para ser prudentes en nuestros actos y actuar de manera justa. Pero el maravilloso fenómeno de la vida renacerá con la primavera y alegremente volveremos a brindar por los presentes que nos traerá el cuarto mes del año.



1 de octubre de 2012

Retazo autobiográfico.


Hoy, como ayer, son malos tiempos para la lírica, pero hay días en los que amanezco inspirado y revolotean por mi cabeza palabras como si fuesen mariposas amarillas. Si, amigas, yo también he sido joven una mañana de abril, buscando rimas, contando sílabas para completar los endecasílabos sonoros de un soneto mal rimado. Y la cosa poética me duró hasta bien entrada la veintena, aunque ya no perdía el tiempo golpeando con los dedos la mesa sino que me convertí al verso libre, con sus pequeños renglones henchidos de instantes y sus largas frases encadenadas que al fin y a la postre no decían casi nada.

O decían demasiado.

Detrás de mis versos poco poéticos había una voz que luchaba por contar, un narrador incapaz de someterse a la exigencia de cargar cada palabra de fuerza y trascendencia. -Aquí no hay poesía, me dijo mi amigo Iván, aquí hay un relato, un fabulador más que un bardo. Apesadumbrado y quejumbroso me fuí distanciando de mis orígenes celtas, en lugar de intentar plasmar en pocas palabras la esencia última de la naturaleza y de los tiempos comencé a inventar nuevas realidades, con sus tramas y con sus personajes que no por ficticios son menos reales.

Lamentablemente para todos, estuve cinco años en una facultad de filología, rodeado de malos profesores que intentaban enseñarnos a leer buenos libros. Modernos docentes que te decían que valoraban más tus pensamientos y razonamientos que los conocimientos adquiridos en los manuales, siempre y cuando razonaras siguiendo sus siempre deslumbrantes explicaciones (y con deslumbrantes quiero decir que al acabar las clases quedabas tan ciego y confundido que te veías en la obligación de leer los manuales para saber qué demonios habían intentado decirte).

Vinieron después largos años de trabajos y sacrificios, de lluviosas mañanas otoñales a merced de los vientos y veranos de interminables paseos por los jardines. Ruidos de diversas máquinas me impedían escucharme a mí mismo y poco a poco mi espíritu creador fue dejando paso al dejarse llevar del adicto. Porque yo también sufrí periodos de adicción, épocas raras y borrosas en las que no puedo asegurar si pasaba más tiempo en los bares o en los épicos mundos virtuales.

Y pasaron los años.

Cansado de este continuo ir y venir de ningún sitio, de este estatismo absurdo e improductivo decidí establecerme aquí, en Mar de Beaufort, para reencontrarme a mí mismo y a mi voz interior. Y como soy un tipo parco en palabras este sitio tenía que ser un sitio de escasas entradas y calidad dudosa. Pero aquí estamos. Y si has llegado hasta el final de esta entrada escrita sin pensar y que en realidad no dice nada será porque siempre hay alguien dispuesto a escuchar. Por eso, aunque sean malos tiempos para la lírica vale la pena detenerse a escribir, a contar y a compartir.