16 de diciembre de 2013

Aquí estarás ben.

Chegaches como un peixiño bulideiro, como un esquío sen paraxe que ten présa por ver e coñecer. Naciches sen case axuda, un empurrón, dous e fuches escorregando sen apenas facer dano, deixando na memoria da túa nai o recordo de algo morno que se move e que comeza a ser vida e forza e luz e esperanza.

Naciches en apenas media hora, dixeches que vou e xa estabas entre nós, suxeitando entre as mans os días e os desvelos que están por vir. Traías nos ollos a curiosidade dos tempos novos, a certeza de que alguén estaba agardando por tí. Cómo explicarche que xa te queriamos antes de coñecerte? Cómo dicirche que xa formas parte das nosas vidas? 

Non hai palabras, non. Non hai maneira de contarche que o mundo enteiro estará ao teu alcance, que chegas coa faldriqueira chea de posibilidades e de camiños. Choverá algúns días, é certo. Pero tamén haberá doces días de sol escoitando o vento ao pasar. 

Queda tranquila, aquí estarás ben.


5 de diciembre de 2013

6 de agosto de 2013

Las amistades veteranas.



Buscando la inspiración de antaño bajo al trastero a buscar algunos CD's que hace años que no escucho y levanto el campamento en la mesa de la cocina, dispuesto a pasar esta tarde noche escribiendo, como cuando tenía todo el tiempo para mi solo y me dedicaba a perderlo de manera sistemática y profesional. Si amigos, yo de joven era un experto en pérdidas de tiempo. Y no hablo de los efectos de alcohol, que también. Hablo de sentarse delante de un folio en blanco y acordarte de que tenías ganas de escuchar el directo de Radio Futura y levantarte a cambiar el vinilo y sin saber como ha ocurrido acabas poniendo el Rock&Rios. Hablo de las madrugadas en las que en lugar de estudiar las tonterías de Chomsky o de Vygotssky me ponía a escribir cartas o a encadenar versos mal medidos pensando que tenía algo importante que contar.

Pero os hablaba de hoy, de ahora mismo. No dudéis en interrumpirme si os aburro, que a veces me pongo muy cansino, sobre todo cuando me da por hablar de mi mismo. Confieso tenía mis dudas sobre si escribir esto que ahora mismo estás leyendo, pero al fin y al cabo este blog solo lo leéis cuatro o cinco, y nada de lo que os cuente será novedoso. En realidad, más que contar se trata de constatar un hecho, o más bien de rendir un pequeño homenaje a la amistad en general, y en concreto a mis amigos y amigas. No soy un tipo de amistad fácil, la verdad. Y con esto no me refiero simplemente a la facilidad para entablar amistades sino en lo complicado que era hace unos años aguantarme. Mi actitud a veces me recordaba a la táctica de tierra quemada que utilizaron los rusos contra Napoleón, o al caballo de Atila. Arrasarlo todo!!!

Y sin embargo hay veces en las que la amistad está tan arraigada en nosotros que vuelve a florecer donde solamente había cenizas y abandono. El silencio se convierte en conversación y aunque hayan pasado años descubrimos que todavía mantenemos esa complicidad que nos permite sincerarnos plenamente sabiendo que nos escuchan y que a veces incluso nos comprenden.

Te cuento esto porque con cuarenta años recién cumplidos descubro que mis amistades son prácticamente las mismas de hace más de veinte años. Son mis amistades veteranas, las que me conocieron con más pelo y menos barriga, las que ya estaban cuando no tenía siquiera ordenador y escribía en folios reciclados lo que ahora escribo en este blog. Son esas personas a las que alguna vez les he escrito cartas ininteligibles con una letra ilegible, a las que les mandaba postales de navidad personalizadas y con las que ahora apenas me comunico porque no tengo wasap. Y sin embargo se que están ahí, y como es improbable que leáis este blog decido ponerme cursi y deciros eso, que os quiero.


5 de agosto de 2013

El hombre que asustaba a los caballos.


Algo falla.

Sonia me regaló un par zapatillas de las buenas para hacer frente al síndrome CCC que sufro desde hace unos meses. Cada dos días salgo a correr y hace ya unos meses que no consumo las cañas de chocolate de la máquina que hay en mi trabajo. Todo es inútil. No consigo perder los cinco quilos que me sobran ni superar los seis quilómetros en los que llevo atascado desde hace semanas.

Pensaba yo que esto de retomar la actividad deportiva sería algo progresivo, que cada día iría sintiéndome mejor y que al final miraría el reloj sorprendido al descubrir que llevo una hora corriendo. Imaginaba a las mujeres volviéndose al verme pasar tan atlético y a los jovencitos del monopatín envidiando mi estado de forma.

Qué va!! Cada vez me siento peor! Las señoras que están cortando la hierba me miran sorprendidas al verme pasar tan colorado "neno, descansa un pouquiño, que te vas poñer malo", me dijo ayer la vecina de la casa de enfrente. Los niños que sestean en los carritos de paseo se despiertan sobresaltados y comienzan a llorar al escuchar mis resoplidos e incluso los caballos levantan las orejas sorprendidos intentando descubrir a que animal corresponden los bramidos que están escuchando.

Creo que algunos vecinos se reúnen a media tarde para verme escucharme pasar y sospecho que las pintadas que han aparecido hace unas semanas dando ánimos a un tal boquerón se refieren a mi. La gente se está encariñando conmigo, sobre todo cuando ven que a pesar de todo intento dar las buenas tardes y me sale una especie de gemido que solamente el buen entendimiento de las personas interpreta como un saludo.

Y aún así hoy voy a salir de nuevo. Con mis zapatillas nuevas y mi pulsómetro no habrá camino que me baste ni caballo que se espante, como dicen en mi pueblo.













9 de julio de 2013

La fogosidad del segundo trimestre.



Las demandas sexuales de Sally se volvieron mucho más exigentes a partir del tercer mes de embarazo. Si antes podía compensar con unos preliminares largos y unas palabras cariñosas al final la escasa duración del acto, ahora Sally tenía siempre prisas y cuando notaba que comenzaba a entretenerme demasiado tomaba la iniciativa y con una fogosidad inusitada se ponía sobre mi murmurando unas palabras extrañas mientras se movía de tal modo que al poco me venía abajo con todo el equipo, como suele decirse.

Y no es que me disgustase, la verdad. Me quedaba yo tan relajadito que dormiría como un bebé si no fuese porque a los pocos minutos Sally volvía a la carga, me decía que se sentía inquieta y con ganas de fiesta y si notaba que no estaba muy por la labor me preguntaba si ya no me atraía, si era porque se estaba poniendo gorda con el embarazo y comenzaba a sollozar de tal modo que tenía que decirle que me excitaba más que antes, que cada día estaba más linda y que lo único que me preocupaba era perjudicar al bebé con tanto ajetreo. Entonces se acurrucaba a mi lado y casi sin darme cuenta estaba de nuevo sobre mí.

Por eso decidí comprarme por internet el libro "Las sombras del Hey". Había oído que tenía un gran éxito entre el público femenino porque describía el sexo que a toda mujer le gustaría experimentar. Pensé que no me vendrían mal algunas ideas ya que para el asunto sexual soy bastante corto, incluso en imaginación. Lo primero que me sorprendió fué la ausencia de fotografias, o cuando menos de algún dibujo explicativo. Tuve que leer y releer, volver atrás más de una vez ya que no conseguía hacerme una idea clara de lo que me estaban contando. Pero al final acabé de leer el libro con la sensación de estar preparado para enfrentarme con éxito a los requerimientos sexuales de Sally.

Tal vez no entendí la esencia del libro, o puede que los malabarismos amatorios no encajen bien en la cultura esquimal, pero lo primero que hizo Sally cuando comencé a mordisquearle las orejas mientras le tiraba del pelo hacia atrás fue soltarme un sopapo que me hizo perder el equilibrio y rodar sobre la alfombra de piel de reno que adornaba nuestra alcoba. Desgraciadamente, malinterpreté el mensaje y comencé a azotar sonoramente sus nalgas, pensando que la situación era semejante a la del capítulo cuatro del puñetero libro. Comprendí lo equivocado que estaba cuando Sally comenzó a chillar y a decirme que ya sabía que le estaba engordando el culo y que no hacía falta que se lo recordase. Intenté explicarle que eran unas técnicas sexuales nuevas, que había decidido enriquecer nuestras experiencias y que debía dejarse llevar por sus instintos.

De nada sirvió. Después de gimotear durante cinco o siete minutos comenzó a frotarse de nuevo contra mi y tuve la impresión de que la fogosidad del segundo trimestre de embarazo iba a dejarme en los huesos.

3 de julio de 2013

Los heavys son buenos (y no tienen panza)









A escasos días de cumplir cuarenta años decido hacerme heavy.


No, no penséis que soy uno de esos tipos a los que les gusta la tontería del Alejandro Sanz (renegado fiscal) o que está todo el día con la matraca de la movida por aquí y la movida por allá. No. Yo soy más de rock que de otra cosa, pero nunca me había sentido muy cercano a la música heavy hasta el viernes pasado, que fuí al concierto de Europe, Whitesnake y Def Leppard en Compostela.

No lo tenía muy claro, la verdad. Hacía años que no iba a un concierto y no me apetecía nada que me zarandeasen de un lado para otro, que me tirasen cerveza por encima o que un tipo con una calavera en la camiseta negra me mirase torcido como si me estuviese perdonando la vida en ese mismo instante.

Pero nada más lejos de la realidad. Los heavys son buena gente. En realidad ya se pasan un poco de empalagosos y de amables. Al mínimo golpe ya se están disculpando, que perdona por el empujón, que perdona si te piso, que perdona si no te dejo ver... La verdad es que resulta un poco chocante que un tipo que lleva escrito en la camiseta que la sociedad apesta se preocupe tanto por la comodidad de los demás. Por no hablar de la cara de bonachones que tienen todos los heavyes. Si, algunos quieren poner cara de malos pero les quitas las pulseras, las cadenas y les pones una camiseta de Mama Cabra y pueden pasar por animadores infantiles.

Hay más insultos y malos rollos entre los padres que van a ver un partido de futbol alevín que en un concierto de heavys. Incluso llegué a pensar que la solución a esta crisis sería que los heavyes de los años setenta y ochenta nos gobernasen, y no estos jóvenes de la transición que corrían delante de los grises e iban a los conciertos de Serrat pensando que iban a cambiar las cosas y no se dieron cuenta de que los que siempre mandaron los estaban cambiando a ellos.

Lo dicho, que los heavys son buena gente. Y además casi ninguno tiene panza. Tal vez la vibración de la guitarra eléctrica, o una dieta sana y equilibrada cuando se bajan de los escenarios, pero lo cierto es que ninguno de los músicos que actuaban tenían panza aunque alguno tampoco tenía ya la melena que lucía hace veinte o treinta años.




27 de junio de 2013

Todavía vale la pena...



Estaba yo en el bar tomándome el café con churro y rumiando las noticias del día cuando sucedió algo que me hizo pensar que todavía vale la pena formar parte de la sociedad. Como sabéis, soy un tipo bastante asocial, de poca conversación y con tendencia al ostracismo. Un bicho, vamos.

Además, hojeaba la Intervíu de esta semana y mi cabreo iba en aumento al ver las fotografías de los implicados en el escándalo de los ERE's disfrutando de unas buenas mariscadas y viajando con cargo al presupuesto de Mercasevilla o al comprobar como los políticos gastaban los dineros públicos en espiarse los unos a los otros. Me estaba poniendo a tono y quería llegar a casa para despotricar sobre la falta de honradez y la codicia desmesurada de esta sociedad que estamos creando.

De pronto entra en el bar una niña. Venía con su padre y con un perro. El padre pregunta donde están los baños y como están abajo, la niña permanece indecisa sin atreverse a bajar. El padre le dice que él tiene que  quedarse afuera, con el perro. La niña no sabe que hacer y entonces una clienta le dice "venga, que ya voy yo contigo"

Si si, ya se que es una tontería, pero me emocionó comprobar que hay personas rápidas de reflejos que son capaces de actuar para beneficio de los demás sin que nadie se lo pida. Si amigos, queridas lectoras, incluso yo tengo mis momentos de debilidad filantrópica y salí del bar con un cosquilleo por la espalda y con lágrimas en los ojos. En estos tiempos tan tristes en los que dejamos mucho que desear como sociedad tal vez la mejor opción para no caer en la desesperación y la apatía sea mirar atentamente a los que tenemos a nuestro lado. Estoy seguro de que a poco que nos fijemos descubriremos pequeñas lecciones diarias que nos convencerán de que todavía vale la pena comprometerse.
 

21 de junio de 2013

La transferencia onírica.



Como Kubrick había previsto, la transferencia onírica se interrumpió a los doce minutos.

La misión, a simple vista, era sencilla. Buscar, en los albores de la Devastación, un humano que supiese leer . Lo primero era fácil. Hace miles de años solamente existían humanos. Aún no había comenzado el desarrollo de los androides y las nanofibras aerotérmicas eran solamente la ocurrencia de un tipo muy raro que escribía un blog algo ridículo pero resultón.

Sin embargo, encontrar a alguien que dominase el arte de la lectura no fue tarea fácil. A pesar de los datos recabados por Kubrick, a principios del tercer milenio de la Época Uniplanetaria no todos los humanos de las grandes urbes sabían leer. Paseaban de un lado para otro con pequeñas unidades de computación binaria y cada vez eran menos los que sentían interés por el discurso escrito. Miles y miles de libros eran recluidos en enormes edificios. Su destino, una incógnita para nosotros.

Pero según los estudios realizados por la Quinta Generación, en la época en la que implantamos la transferencia onírica todos los homo sapiens tenían las capacidades físicas y cognitivas necesarias para leer e interpretar con claridad meridiana un texto escrito. Por eso Kubrick se afanó durante meses en aprender a escribir y decidió volcar su mensaje en un libro. Inocentemente pensamos que si conseguíamos atraer la atención de alguien mediante una combinación de colores desconocidos en la época el libro acabaría llegando a las manos adecuadas. Sabiamos que como mamíferos que eran, nuestros ancestros sentían una irresistible curiosidad por los colores en movimiento. Incluso habían inventado unos aparatos para ver el mundo real y el inventado a través de pantallas potenciadoras de color en lugar de mirar al mundo tal y como era. Nuestro libro sería un objeto muy interesante. Para que nuestro mensaje llegase solamente era necesario que un ser humano lo leyese...

Pudo ser cualquiera, pero me fijé en aquel hombre que caminaba distraído. Afortunadamente, antes de que la transferencia onírica se interrumpiese había marcado su huella de actividad geneticomolecular para poder localizarlo en caso de que el mensaje no llegase a su destino.

Cuando me desperté Kubrick me anunció que tendría que regresar, que el individuo seleccionado había entrado en contacto con el libro, pero que inexplicablemente no lo había abierto.


14 de junio de 2013

Esto se acabó...

Esto se acabó.



Cansado como estoy de tantos vaivenes creativos y de tanta pérdida de tiempo por los solitarios mundos de internet decido eliminar mis cuatro blogs, borrar mis dos o tres cuentas de correo electrónico y suprimir los perfiles de facebook, google+ y linkedIn. Después de unos años dando tumbos por la red descubro que no, que no consigo encontrar mi lugar, que lo que yo escribo tiene el mismo éxito aquí que aquellos poemas que dejaba en el tablón de anuncios de la faculdad (si, era yo, qué pasa!) y que mi fracaso social en la vida real se refleja en el inamovible número de seguidores de este sitio en el que ahora te encuentras.

Comienzo a buscar una despedida adecuada y me doy cuenta de que en los últimos meses he escrito de forma recurrente sobre las múltiples formas de irse, de desaparecer, de hacer mutis por el foro. ¿Una premonición? ¿Una pulsión que intenta manifestarse en forma de relatos sin relación alguna?

Nunca lo sabremos.

Pero me doy cuenta de que en lugar buscar un final para historias que estaban en marcha me he dedicado a escribir finales sin historia, como si estuviese ensayando un final para aquella novela de la que os hablé algún día.Y es que en las últimas semanas he revisado papeles y cosas y tengo la impresión de que algo está en marcha, que la historia está completándose y que debo ir cerrando capítulos, matando personajes y enganchando al lector de tal manera que no pueda dejar de leer hasta el final.

A lo que íbamos. Que desde hace unos días tengo ganas cerrar todo esto de internet y de las redes sociales y centrarme en esas pequeñas cosas que nos hacen felices. Poco puedo aportar yo a este inmenso mundo de los blogs, de seguidores, de miles de creadores que ofrecen obras de gran calidad. Y a punto estaba de darle al "si a todo" cuando me pregunté si no estaría exagerando un poco. Siempre fuí un tipo tendente al dramatismo y a las soluciones extremas. Es verdad que tengo una novela a medio escribir, pero también hay entre los hielos del Mar de Beaufort alguna que otra historia que vale la pena y más de un personaje que todavía tienen algo que decir.

Por todo esto, y porque se me está haciendo un poco tarde, decido posponer el autoborrado de mi existencia digital e ir saldando de una vez algunas cuentas pendientes que tengo conmigo mismo. Y ya está.

Esto se acabó, por hoy.
 

9 de junio de 2013

Responso.



- ¿Y sabe si sufrió mucho?

La mujer miró al hombre intentando recordar si lo conocía de algo. Tenía cierto parecido con su marido cuando era joven, pero no sabría decir si era su sobrino o uno de los hijos de aquel primo que vivía en Barcelona. Era ligeramente más alto y no tenía la expresión bonachona de su querido Ramón, pero sus rasgos eran tan parecidos que podía asegurar que se trataba de algún pariente.

Habían venido ya tantos familiares y amigos que la pequeña mujer estaba algo confusa. Su nuera y su nieto mayor estaban sentados en una esquina. Sus dos hijas habían salido a comer algo y su hijo pequeño llegaría en el vuelo de las tres. No pudo evitar pensar en la bonita familia que habían formado. Si de algo estaban orgullosos era de sus hijos. Habían conseguido hacer de ellos personas honestas y rectas. Se sabía afortunada. Pocos hombres se habrían atrevido a casarse con una mujer con un hijo como lo había hecho Ramón. Trabajó muy duro para criarlos a los cuatro y para darles estudios y nunca hizo la más mínima diferencia entre nuestros tres hijos y el mayor, mi error de juventud, -solía afirmar orgullosa cuando hablaba con sus amigas.

La mujer no pudo evitar las lágrimas. A pesar de estar acompañada por sus hijos comenzaba a sentir ya una inmensa soledad, una agobiante sensación de abandono, casi rabia por una muerte tan repentina y tan injusta. Ahora que podrían comenzar a disfrutar de la vida y de la familia... Sintió una pena infinita al pensar en lo feliz que se sentiría Ramón viendo crecer a sus nietos.

- El final fue algo doloroso, pero estuvo en todo momento rodeado por su familia y se puede decir que murió tranquilo y satisfecho- dijo al fin la mujer sintiendo cómo se le quebraba la voz de la emoción.
- Es una pena, merecía morir solo y abandonado- dijo el desconocido- del mismo modo que él abandonó a mi madre y a mis hermanos cuando yo tenía nueve años.

4 de junio de 2013

Los amaneceres cambian con la edad.

Supongo que será otra de mis "tonteorías", pero de un tiempo a esta parte tengo la sensación de que experimento cosas distintas ante los mismos hechos. Y no, no me refiero a la facilidad de acumular quilos en lugares en los que no parecía que pudiesen acumularse grasas tomando incluso menos cantidad de cerveza.

Estoy hablando de cosas espirituales, de sensaciones que nada tienen que ver con lo físico y mundano. O tal vez si. Bueno, da igual, el asunto es que ahora que culmino sin éxito alguno mi cuarta década de existencia descubro como los amaneceres ya no son lo que eran.


En la primera infancia no tengo muy claro qué pensaba o qué sentía cuando veía salir el sol. Tampoco se si alguna vez ví salir el sol, pero seguramente me preguntaba a mí mismo, o más bien le preguntaba machaconamente a mi madre como era que no se quemaban los árboles, o porqué el sol salía por encima de los edificios de la Rúa Nova, en Perillo. Y lo digo porque ahora mi hijo está convencido de que A Cidade da Cultura, en Compostela, es A Casa do Sol ya que todos los días vemos como se levanta justamente por encima de esta gran obra con la que nuestro Don Manuel puso a Santiago y a Galiza entera a la altura de las grandes ciudades culturales del mundo. (Esto es ironía, y no seguiré por este camino ya que como sabéis esta entrada tratará sobre cosas espirituales).


Lo que quiero decir es que en la infancia el sol sale, y punto. No dudamos de que sale por donde lo vemos salir y lo que nos preocupa son las cosas importantes: donde duerme, como bebe el zumo, como hace para comerse las galletas... 

Pero llega la adolescencia y como nos creemos que somos el centro de todo pensamos que el sol sale para nosotros y que solamente nosotros somos capaces de sentir su fuerza y su poderío. Vemos el sol y pensamos que tenemos otro día por delante para comernos el mundo. Algunos nos quedábamos mirando fijamente para él, a ver quien aguanta más la mirada, pensábamos. A otros nos daba por la vena mistica y notábamos como su fuerza penetraba en nosotros. En fin, adolescentes, ya sabéis.

Y que decir de la etapa de los veinte años, de la época en la que ver amanecer significaba que habíamos disfrutado una larga noche de juerga. Si para el adolescente ver el sol significaba tener un día por delante, para el veinteañero ver el sol era poder ir a dormir. Habiamos pasado toda la noche de local en local, aburriéndonos cada vez más, bebiendo cada vez más y ligando cada vez menos y al final alguno miraba por encima de las casas del casco antiguo y exclamaba triunfal aquello de -Joder, ya está amaneciendo!! Y todos poniamos cara de fastidio para dar a entender que queriamos seguir de fiesta, pero en realidad todos teniamos ganas de irnos para cama de una vez, y para nuestros adentros deciamos que no lo haríamos más, que esto de pasar toda la noche de juerga era una solemne tontería y una pérdida de tiempo. Y el puto sol dándonos en la cara... 

Y a los treinta comenzamos a irnos a las tres o a las cuatro para casa, que prefiero madrugar y aprovechar la  mañana para hacer cosas, o para ir a pescar o para dar un largo paseo con nuestro perro por la playa. Los amaneceres suelen estar acompañados de sesudas reflexiones vitales, nada más tierno y sensible que un treintañero viendo amanecer, ensimismado y decidiendo lo que hará de su vida. ¿Nos casamos o esperamos a amueblar el piso? ¿Me compro el Ibiza o el León? ... Bueno, esto era hace unos años, los que ahora tienen treinta años lo que piensan es si se van a Australia o a Canadá.

Sin casi darnos cuenta tenemos un par de hijos, un perro, una hipoteca y un ERE amezando nuestro futuro. Y ver amanecer suele significar que el niño está durmiendo con su madre en tu cama y tu te tienes que levantar. Y mientras ves como el sol asoma piensas que afortunadamente te espera otro día de trabajo, pero que solamente has podido dormir cuatro horas, que comienzas a tener dolores en las articulaciones y que te levantas algo mareado...

Los amaneceres ya no son lo que eran. Supongo que ya casi no tenemos tiempo para detenernos unos minutos a contemplar cómo se ilumina el mundo y como los campos y las ciudades reinician su rutina diaria. Pasamos por la vida siempre ocupados, siempre con prisas y tal vez por eso algunas veces nos quedamos un instante pegados al cristal de la ventana pensando en el montón de hermosos amaneceres que habremos vivido ya, y preguntándonos cuantos nos quedarán por disfrutar.


30 de mayo de 2013

37 segundos.


Esta noche visitan nuestro barrio. Escucho el monótono silbido del detector de moribundos y me abrazo con fuerza a mi compañero. Sabemos que hoy nos puede tocar a cualquiera de los dos. Hace semanas que somos conscientes de nuestra decrepitud y solamente deseamos que nos lleven a los dos a la vez.

Dicen que no duele, que ni siquiera te enteras. El detector se detiene delante de tu puerta y envía una señal a tu cerebro que provoca un letargo definitivo. Después llega el Saqueador de Materia y por medio de microondas de frecuencia absoluta hace que desaparezca tu cuerpo. A los 37 segundos no queda nada. Al día siguiente tus familiares reciben una tarjeta que acredita tu amortización.

Nosotros estamos preparados. Incluso enviamos a la Gran Reunión un escrito para que nos amortizasen a los dos mismo tiempo. Todavía esperamos su respuesta. No hay manera de saber lo que piensan sobre el tema los máximos dirigentes. Incluso es imposible saber lo que piensan nuestros vecinos . Se trata de un tema sobre el que no se habla. Tiene un veto de clase dos.

Lo único que sabemos es que a los 40 años recibimos una carta en la que nos citan para asistir a la Charla. Durante veinte minutos nos explican todo el proceso y nos implantan el chip de aletargamiento. Algunos preguntan sobre el momento exacto de la amortización. Nunca hay respuesta. Todo dependerá de cómo envejezcan nuestros cuerpos. Nadie cumplirá los 60. Al menor indicio de enfermedad seremos amortizados. Si existe posibilidad de lesión ósea, de pérdida de visión o de problemas musculares, seremos amortizados. Incluso las cefaleas o la tendencia a la depresión puede ser causa de amortización.

Esta noche visitan nuestro barrio. Mis lágrimas comienzan a brotar mientras me abrazo al vacio pensando en la tarjeta que recibiré mañana.

20 de mayo de 2013

La expulsión anónima.


Al cuarto día comenzamos a preocuparnos. Las normas del gremio eran claras y estrictas: al quinto día de ausencia, apercibimiento y pérdida de todos los privilegios; una semana significaba la expulsión incondicional. Nunca se había llegado tan lejos. Los más jóvenes solían ser inconstantes y olvidadizos, pero con un par de advertencias volvían a colaborar con el gremio y acababan cumpliendo las normas como todos los demás.

Pero este caso era distinto. Que un veterano se ausentase ya era extraño, pero que lo hiciese durante cuatro días y que no respondiese a ninguna de nuestras llamadas y mensajes era simplemente inconcebible. Nunca antes en la historia de nuestro gremio se había dado un caso semejante. Por eso al cuarto día comenzamos a hablar más seriamente sobre el asunto y a plantearnos quien sería el encargado de apercibir a nuestro compañero.

La cuestión era delicada. En realidad, solamente tres teníamos más antigüedad que él en el grupo, y era lógico pensar que tendría que ser uno de nosotros el que oficialmente le comunicase que debería presentarse en el Foro General antes de tres días o sería expulsado sin posibilidad de reingreso. No podíamos ser permisivos, y la expulsión de un veterano serviría de ejemplo para los nuevos.

Finalmente fuí yo la encargada de comunicarme con él. De todos era conocida la enemistad manifiesta que mantenía con el líder y el cofundador del gremio se había desentendido hace años de las tareas burocráticas. Por eso, tras una corta deliberación entre los miembros más insignes de nuestra hermandad, decidimos que al día siguiente yo me pondría en contacto con él para comunicarle que a partir de ahora sería tratado como un neófito y que tenía un plazo de tres días para dejar constancia de su regreso o sería comunicada su expulsión a todos los integrantes del gremio mediante un mensaje general.

Comencé enviando mensajes privados a través de los canales oficiales de nuestro clan, pero sin éxito.Me puse en contacto con él a través de su dirección de correo electrónico y de su página en facebook. No obtuve contestación. Lo intenté a través de su blog personal e incluso me permití buscar información sobre su dirección IP para buscar otra vía de contacto. Todo fue en vano. No obtuve ningún tipo de respuesta y muy a mi pesar a los siete días procedimos a expulsar de nuestro gremio a uno de sus miembros más veteranos.

Quince meses después un desconocido me envió un mensaje diciéndome que el propietario del blog en el que había dejado aquel mensaje había muerto. Nunca conocimos el nombre de uno de los miembros más destacados de nuestro gremio. Y algunos todavía afirman que internet une a las personas.


10 de mayo de 2013

Nociones de Astronomía X: la visión lateral.


Todo aficionado a mirar las estrellas sabe que para ver los objetos menos luminosos es mejor no mirarlos directamente sino fijar la vista hacia un lado. Es lo que se llama visión lateral, y es muy útil cuando queremos ver estrellas dobles o galaxias débiles que sabemos que están ahí, pero que no conseguimos percibir con nitidez.

Es algo parecido a lo que hacemos con los niños pequeños en ciertas situaciones. Hacemos como que no nos interesa lo que hacen y entonces dejan de hacerlo. Pues aquí igual, miramos para otro lado y las estrellas o las galaxias aparecen. En realidad lo que ocurre es que para la visión con escasa luminosidad utilizamos unas células que se llaman bastoncillos, y que están el los bordes de la retina, pero es más divertido pensar que las estrellas son tímidas y solamente se dejan ver cuando piensan que nadie las mira.

Como la intención de estas nociones de astronomía es demostrar que el comportamiento y las sociedades humanas son similares a las relaciones que se establecen entre los cuerpos celestes diremos que muchas veces, para resolver nuestros problemas, lo mejor es emplear la visión lateral. Sucede a menudo que nos pasamos días enteros dándole vueltas a la misma cuestión, analizando los pros y los contras de las posibles soluciones y volviendo de nuevo al punto de partida. Estamos tan concentrados en el meollo de la cuestión que no reparamos en otras cuestiones que sin ser la esencia del problema pueden contribuir a encontrar una solución.

Vivimos en la época de la crisis económica. Los que dicen gobernarnos y los que mandan en el mundo insisten una y otra vez en decirnos que se trata de problemas financieros y económicos, y pensamos que la solución la encontraremos en una nueva organización de los dineros. Pero puede que sea necesario cambiar otras cosas, mirar para otro lado y ver con más claridad cuales son los problemas reales y cuales son las posibles soluciones.

28 de marzo de 2013

El apabullante mundo de la literatura.



Hace tiempo que no me abandono al lento transcurrir de las horas en las heladas costas del Mar de Beaufort. Hace tiempo que no paso la noche en vela escuchando programas de radio en los que hablan sobre las otras realidades posibles en este mundo infinito. Hace tiempo que no me siento delante de una página en blanco esperando una frase que inicie esa historia que siempre está a punto de concretarse. Hace tiempo, en definitiva, que no estoy solo.

Demasiada navegación inútil, demasiada banda ancha y demasiados lugares dedicados a la literatura, a la creación, al presuntuoso oficio de escribir. Regreso por unas horas a mi solitario rincón helado y descubro que soy un hombre apabullado. Hay tanto y tan bueno por la red que tengo que hacer esfuerzos para contar mis cosas, para pensar que merece la pena el tiempo que yo invierto en escribir y que tú gastas en leer. Nada de esto es nuevo, ya te lo he contado alguna que otra vez, y a menudo me sorprende que continúes leyendo lo que escribo sabiendo que no tengo demasiado que aportar. Otras veces, sin embargo, lo que me sorprende es ser el autor de alguna frase bien construída o de algún relato.

Antes era más fácil. Antes estaba yo y mis cuadernos, mis cartas y mis versos malos malos malos. No tenía ningún interés en que mis letras llegasen más allá. Escribía para mí y para mis amistades y pensaba que algún día... Lo que no esperaba es que el mundo estuviese lleno de buenos escritores que nunca conseguirán publicar esa novela y que fuese tan difícil navegar por internet y no tropezarte con un blog lilterario que te haga sentir bastante mediocre.

Todo está escrito sub sole, que diría nuestro entrañable profesor de latín en los años noventa. Y ahora, además de estar escrito está publicado en dos o tres lugares distintos y no descarto que varios lleguemos a la misma frase a través de caminos distintos. Al fin y al cabo, si el universo es infinito las posibilidades también han de serlo. Somos tantos dedicados a crear que inevitablemente algunos coincidiremos.

Lo que intento decir es que estoy saturado. Dedico más tiempo a darle publicidad a este mi rincón que a escribir. Me engancho fácilmente a otros blogs y busco modelos para seguir, pequeños detalles que puedan hacer más atractivo este sitio. Cuelgo mis entradas en la página del facebook, en mi perfil del google+, en LinkedIn.. Intento darme a conocer, establecer vínculos de afinidad con otros internautas a los que no conozco de nada y que lo desconocen todo sobre mí. Alguno incluso pensará que soy el rey de la fiesta, el tipo ocurrente que siempre tiene algún chascarrillo gracioso que contar.

Nada más lejos de la realidad. Soy un tipo introvertido y reservado, más bien aburrido y muy poco hablador. Me intimidan enormemente las multitudes y en cualquier reunión de más de cuatro estaré más bien callado y mantendré las distancias. Por eso este sitio se llama Mar de Beaufort y por eso me gusta regresar alguna noche y escribir lo que se me ocurra sin preocuparme por si será o no será literatura...

Al fin y al cabo, prefiero la clásica conversación directa y sosegada antes que la apabullante complejidad de las nuevas redes sociales. Me desenvuelvo mejor en la comunicación íntima y personal que en continuo fluir de contenidos sin que tengamos tiempo para interiorizar nada. Por eso me gusta regresar aquí, a esta soledad helada y hablarte lisa y llanamente de mí.




25 de marzo de 2013

El asombroso hombre percha.

Lo pueden encontrar en cualquier sala de espera o haciendo cola en cualquier organismo público o oficina bancaria, que pronto serán lo mismo. Existen en cualquier época del año, pero sin duda es en los días de lluvia y frío cuando demostrarán sus habilidades como "hombre-percha". Y lo preocupante del caso es que a cualquiera de nosotros puede sucedernos, ninguno está libre de convertirse en un "hombre-percha", sobre todo en esta sociedad en la que al llegar a un sitio, aunque tengamos cita previa, nos ponemos a la cola para que al otro lado del mostrador nos digan lo que ya sabemos: que tenemos que esperar a que nos llamen.

Es sabido que la aglomeración de gentes provoca que suba la temperatura por lo que se hace necesario empezar a sacar los abrigos y hacer equilibrios para sujetar con una mano el paraguas, con otra el chaquetón y a menudo los papeles que todos solemos llevar "por si me los piden".
Puede pasar una hora, o dos (el horario que figura en volante es aproximado y puede sufrir variaciones, como bien nos indicaron hace meses, al darnos la cita).
Pero cuando suena el nombre de nuestra pareja por megafonía sale el hombre percha que todos llevamos dentro. Casi instintivamente ella nos da su abrigo y comienza a andar hacia la puerta indicada. Nosotros las seguimos como podemos, intentando no tropezar con nadie, y mucho menos con ese otro hombre percha que nos examina para comprobar si tenemos algún truco especial para conseguir que el bolso y el paraguas graviten en la misma elíptica sin interceptar la órbita de la carpeta azul de las analíticas.

Entramos.

Y mientras intentamos acomodarnos nosotros y nuestras cosas en la silla la doctora explica que todo está bien, que esto y que lo otro y después de una rápida exploración nos indica que ya podemos marcharnos. Justo cuando habiamos descubierto el equilibrio exacto entre las cosas que pueden caer y las que pueden resbalar!

Es al intentar levantarnos cuando el paraguas se cae. Al agacharnos el abrigo resbala y levantamos la rodilla para impedir que toque el suelo pero comienza a describir unha parábola que provoca que la carpeta azul se caiga por el otro lado. Lo único que se mantiene en su sitio es el bolso, o casi, ya que con tanto movimiento ha comenzado a oscilar de un lado a otro como si fuese un péndulo, lo cual hace que nuestra postura sea más ridícula todavía. Un hombre encorbado, con el culo en pompa y un bolso colgado en el pescuezo no es lo que se dice una postura muy digna para salir de una consulta.

Nos incorporamos, distribuimos nuevamente nuestros enseres por nuestro cuerpo y salimos. Nada es complicado para el "hombre-percha". Algunos incluso son capaces de llevar a un bebé en brazos mientras rellenan una primitiva, pero esto ya requiere un poco de experiencia. No lo intenten con su primer hijo.





7 de marzo de 2013

Imaxínote feliz.



Quixera contarche tantas cousas. Falarche do espelido que está o cativo mentres damos un pe de leria comentando a moita auga que está a caer neste inverno que vai rematando. Quixera que vises como se lle vai ennegrecendo o cabelo e como coñece todas as letras menos o ka, aínda que a tí o que máis che gustaría  sería velo comer nas fresas con azucre e nas filloas. Imaxínote sorrindo de satisfacción ao velo sentado na mesa papando os fresóns máis grandes que atopaches na praza, e insistindo para que lle fagamos un bocadillo ou lle deamos un anaco queixo con marmelo.

Imaxínote feliz.

Pasaron meses e todo foi facéndose un pouco máis vello. Vou acumulando as conversas que non temos, ilusións que me gustaría compartir contigo, e tal vez por iso veñen á miña memorias frases soltas, pequenas pegadas doutras charlas nas que non sempre entendín todo o que me querías contar. Son os retrincos que quedan no recordo, as probas de que houbo compaña entre nós, de que houbo complicidade e de que dalgún modo, mentres poida escoitar a túa voz, tí existirás.

Imaxínote feliz sabendo que nós estamos ben, que imos organizando a nosa vida e que a primavera que se achega virá chea de alegría e de esperanza. Imaxínote rindo e cantando aquel "ven ven ven ven, cariño mío", asubiando aquela melodía mentres camiñabas con pasiños cortos dun lado para outro da cociña e o sol se filtraba por entre as grandes follas da figueira. Si, imaxínote feliz aínda que ás veces, dous anos despois, unha bágoa queda pendurada sobre as lembranzas e non podo evitar sentirme triste por aqueles tempos que marcharon, pero sobre todo por estes tempos que tí non puideches disfrutar.

E máis nada por hoxe. Deixarei que a bágoa esvare por aqueles días e que o sol que nos iluminou vaia aloumiñando as ausencias. Deixareime estar triste cando queira estar triste, pero os días felices que están por vir vivireinos con intensidade e con xenerosidade para impedir que o esquecemento apague a alegría que tí poderías ter disfrutado ao noso lado.

Bicos, e ata outro día.


28 de febrero de 2013

Los cinco primeros


Hace tres años, en las charlas de preparación al parto la matrona nos dijo que la mejor manera de aliviar el cólico del lactante era darle calor, y que como la barriga de los papás está más caliente que la de las mamás pues que era una buena solución que acostásemos a nuestros bebés boca abajo sobre nuestras paternales barrigas.

Siempre he sido un tipo bastante diligente y servicial y por eso no dudé en dejarme barriga. Por eso y para que mi pareja no llevase sola el peso del embarazo: si ella se sentía pesada, yo también; si ella no llegaba a los estantes, yo tampoco; si ella roncaba al dormir, yo no sería menos. Además, familiares y amigos no paraban de repetirnos aquello de que en cuanto el bebé comenzase a andar ya adelgazaríamos corriendo detrás de él.

Pero resultó que la criatura apenas tuvo gases, con lo que nunca pude comprobar los efectos terapéuticos de mi hermosa panza. La barrigola de la mamá desapareció a los pocos meses del parto mientras que la mía no paraba de crecer, y por si fuese poco nos salió un niño perezoso en eso de andar y tardó unos catorce meses en decidirse, y aún encima es bastante tranquilote por lo que correr detrás de él no corro mucho, la verdad.

Todo esto viene al caso porque estoy sufriendo el Síndrome CCC, Corredor con cuarenta. Supongo que habrá estudios que demuestran que a los cuarenta años a los chicos nos da por querer recuperar la forma de los veinte y comenzamos a correr. Yo noté los primeros síntomas en el verano, cuando me compré una bicicleta y me puse a tararear la cancioncilla de Verano Azul por los caminos de Compostela. Después pasó lo que pasó.


Pero como la barriga no para de crecer y el tiempo escasea, decido calzarme esas viejas deportivas y comenzar a correr un poco. Unos minutos de carrera continua harán que consuma más grasa que una hora encima de la bicicleta.  La cuestión es que desde hace un par de semanas salgo cada dos o tres días a dar unas vueltas y aunque parezca asombroso ya conseguí correr cinco quilómetros seguidos. Por ahora mi panza no lo nota demasiado, es verdad, pero si en dos semanas conseguí correr cinco quilómetros, calculo yo que para el verano estaré preparado para el maratón que se nos viene encima.

14 de febrero de 2013

La cansina aurora boreal.



Querida Sally:

aburrido como estoy de la cansina aurora boreal me decido a escribirte de nuevo. Ya se que hace unos meses me despedía de tí para siempre, pero después de pasar más de cien días viendo fenómenos luminiscentes en el cielo no pude evitar recordar el brillo de tus ojos cuando me decías que me amabas. Se que en su momento te escribí algún verso comparando tu mirada con las estrellas o con el replandor del amanecer sobre las verdosas aguas del Estrecho de Shelikof. Ahora que habito en la soledad puedo asegurarte que el simple recuerdo del abrazo meloso de tus pupilas hace que me sienta menos incomprendido y menos desamparado de lo que es costumbre en mí.

Digámoslo claro, esta misión es un desastre, una auténtica chapuza. Llevamos meses navegando en círculo dentro del Círculo Polar Ártico, si me permites la redundancia. Nuestro objetivo era recoger los restos de un satélite que se estrellaría en el Mar de Beaufort el 21 de diciembre. Lamentablemente, nuestro técnico de telecomunicaciones se equivocó de ruta y acabamos entrando en aguas rusas. Obviamente, a las autoridades rusas no podiamos contarles qué demonios haciamos navegando por sus mares por lo que fingimos no comprender nada de lo que nos decían, lo cual era cierto en parte, y nos fuimos por donde habiamos llegado.

Por si fuese poco, uno de los marineros  no hace más que hablar y su acento cantarín hace que piense en tí, pero su conversación es tan excesiva que a veces tengo que hacer un gran esfuerzo para no tirarlo por la borda. Insiste en la necesidad de pescar uno de los pulpos gigantes que nos rodean desde hace unas semanas. Él dice que tenemos que analizar si su tamaño desmesurado y su capacidad para cruzar sus patas formando una especie de figura ancestral son signo de una inteligencia desarrollada. Me cuenta que en su pueblo natal consideran que los pulpos son los animales más inteligentes que existen y que una prueba de ello es que se niegan a reproducirse en cautividad. Que son capaces de abrir cualquier tipo de envase, ya sean tapones de rosca o latas con abre-fácil, pero que lo único que beben es la Estrella Galicia, siempre que sean botellines de un tercio. Y cuando le pregunto si no les da cierta pena comerse animales tan inteligentes me responde que es una especie de rito ancestral y que el conocido Pulpo á Feira no es más que un rito iniciático en el se puede conocer la personalidad de los comensales según mojen o no mojen el pan en el aceite.

En fin, no quiero aburrirte con nuestras conversaciones, que bastante nos aburrimos nosotros en este extraño mar en el que nunca llega a ser de día, en este Mar de Beaufort en el que un servidor está dando vueltas continuamente en torno a una idea que no termina de llegar a puerto. Te diré que esto de las auroras boreales está sobrevalorado. Al fin y al cabo, son unas luces que vienen y van. Para un rato está bien, pero pasarte tres meses con esas sombras luminosas apareciendo cuando menos te lo esperas cansa un poco, la verdad. Por eso tengo ganas de volver. Esto de navegar y vivir aventuras y sentir el riesgo en cada poro de tu piel está bien, pero no hay nada como llegar a casa, ponerse las zapatillas y tumbarse tranquilamente en el sofá a ver el rosco de pasapalabra.





5 de febrero de 2013

El final de cielo y sal.


Cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Recordaba perfectamente que un desconocido la había llevado al hospital, pero no podía explicar quien era o cómo había entrado en su casa. Estaba confusa y asustada, tal vez algo arrepentida por haber deseado con tanta intensidad que todo terminase de una vez.  Por eso no dijo nada cuando le preguntaron sobre los golpes que tenía en la cara. Se limitó a decir que se había caído por las escaleras.

Él jamás pudo explicar por qué era otro el que conducía su coche en el momento del accidente ni qué hacía en la casa del fallecido. Recuerda vagamente que regresaba a casa y que sufría un terrible dolor de cabeza, pero aún hoy es incapaz de saber en qué momento le había dejado su coche a un extraño ni cómo había entrado en su casa. Al ver a aquella mujer tendida en el suelo se asustó un poco y no dudó en llamar al 091 para que enviasen una ambulancia, pero como aquella noche había huelga en los servicios de ambulancia tuvo que buscar un taxi y llevarla él mismo al hospital.

Ella contestó que se trataba de un amigo de la familia que estaba pasando unos días en casa. El policia anotó en su libreta mientras le decía que su marido había fallecido en el acto y que se desconocían las causas del accidente. Él no mostró la menor preocupación por el coche, lo que el policia interpretó como una prueba del estado de shock en el que ambos se encontraban. Les dijo que lo sentía mucho y cerró la puerta de la habitación 745 en la que ella estaba ingresada.

Durante unos minutos permanecieron en silencio. Él le preguntó si había sido su marido, ella lo miró a los ojos y supo que algo comenzaba en ese preciso instante. Él le confesó que lo último que recordaba era el silencio, ella le contó que por unos segundos se había sentido parte de la oscuridad. Ninguno de los dos merecía morir de aquel modo. Esto es lo que se repiten una y otra vez cuando se atreven a profundizar un poco más en lo que sucedió aquella noche.

Por eso, cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Sabía que las lágrimas saladas escocerían en su labio partido.



30 de enero de 2013

El final oscuro.


Comenzaron siendo imágenes difusas, paisajes totalmente desconocidos que aparecían en su mente como aparecen los recuerdos de la infancia cuando menos lo esperamos. Cíclicamente se repetía la misma escena: en el horizonte se vislumbraba el perfil de una masa informe a la que se iba acercando para descubrir que se trataba de un bosque de otras latitudes, con pequeños árboles sin hojas y grandes postes que sostenían gruesos cables de alta tensión.

Su marido había vuelto a casa después de tres días sin saber nada de él. Como siempre, regresaba borracho y desaseado, y comenzaba la retahíla de criticas y reproches con las que intentaba justificar sus ausencias, culpándola a ella de falta de comprensión y desisterés total por sus necesidades. Después comenzaría a recriminarle que ya no se cuidaba como antes, que vestía como una vieja  y que cada vez estaba más gorda  para terminar diciendo que él no se merecía esto y que no sabía para qué se molestaba en volver a casa, que estaba harto de su cara de estúpida y de su silencio.

Ella nunca decía nada. Sabía que era mejor dejar que gritase y con algo de suerte se iría para cama sin más. La última vez que intentó defenderse de sus críticas terminó con la nariz rota y con una sensación de irrealidad semejante a la que ahora estaba experimentando. Mientras él gritaba y la zarandeaba ella veía cada vez con más nitidez una especie de autopista rodeada de bosques y tenía la impresión de estar dentro de un coche. Decidió concentrarse en lo que veía y no prestar atención ni a los empujones ni a los insultos que rápidamente iban subiendo de tono.

De pronto sucedió. El sabor metálico y dulzón de la sangre llenó su boca y supo que tenía el labio roto. Una bofetada certera hizo que su cabeza golpease contra la esquina de la puerta. Mientras él la agarraba por los pelos e intentaba ponerla de nuevo en pie ella se concentraba en lo que veía a su alrededor, en los árboles que pasaban a gran velocidad y en el paisaje que parecía tan real que casi podía sentir la brisa en su cara.

La segunda bofetada hizo que le reventara el tímpano. Sintió que algo estallaba dentro de su cabeza y de repente todo se convirtió en un doloroso silencio. Tardó unos segundos en comprender lo que había pasado y no tuvo fuerzas para seguir viviendo. En su cabeza solamente veía un gran camión al que irremediablemente se iba acercando. Lo último que sintió fue un golpe seco en los riñones. De pronto, todo fue oscuridad.




19 de enero de 2013

El final silencioso.



Comenzaron siendo murmullos en una lengua desconocida, sílabas inconexas carentes de todo significado, tal vez palabras. Como esa musiquilla pegadiza y machacona que a veces se nos mete en la cabeza sin que podamos evitarlo. Cíclicamente se repetía la misma secuencia: un zumbido que poco a poco se convertía en una voz humana que pronunciaba tres o cuatro sílabas. Después silencio.

Como regresaba a casa después de pasar el fin de año en casa de sus padres no quiso darle demasiada importancia. Tal vez el exceso de alcohol y de dulces, o las pocas horas de sueño. Siempre le pasaba lo mismo al dormir en una cama distinta a la suya, tardaba mucho en conciliar el sueño y despertaba varias veces durante la noche.

Pero al entrar en la autopista la voz se hizo más nítida y pudo distinguir claramente que se trataba de un hombre hablando en inglés. Quiso pensar que se trataba de un fragmento de algún diálogo de las series que últimamente veía en versión original. O tal vez alguna canción de la que había olvidado la música. Quiso buscar una explicación racional, pero sobre todo quería quitarse de la cabeza esa voz que cada pocos minutos repetía las mismas palabras.

A mitad del camino se sobresaltó al descubrir que el tono de la voz se hacía cada vez más áspero y lo que en un principio eran simples murmullos se convirtieron en gritos airados y llenos de ira. Pudo escuchar claramente como un hombre insultaba y amenazaba a una mujer. Comenzó a sentirse mareado y decidió detenerse en la la próxima área de servicio. A medida que el coche iba reduciendo su velocidad la voz se fue convirtiendo nuevamente en murmullo, y mientras tomaba un café con leche y un bollo de chocolate no escuchó nada más que la conversación la mujer sentada en la mesa de al lado recriminándole a su esposo que la noche anterior bebiese él solo tres botellas de ese nuevo vino espumoso elaborado en las Rías Baixas.

Al subir de nuevo al coche y emprender la marcha la voz volvió, cada vez más iracunda y más amenazante. Intentó distraerse mirando por la ventanilla, concentrándose en el atardecer que teñía de naranja el horizonte. Pero los gritos continuaban repitiéndose cada vez con más intensidad. Por un instante creyó escuchar golpes, apagados lamentos de mujer suplicando y el inquietante sonido de la carne al desgarrarse y del hueso al fracturase. Apenas tuvo tiempo para girar la cabeza y ver como el motor de su coche se iba destrozando debajo de aquel camión. De pronto todo fue silencio.