30 de enero de 2013

El final oscuro.


Comenzaron siendo imágenes difusas, paisajes totalmente desconocidos que aparecían en su mente como aparecen los recuerdos de la infancia cuando menos lo esperamos. Cíclicamente se repetía la misma escena: en el horizonte se vislumbraba el perfil de una masa informe a la que se iba acercando para descubrir que se trataba de un bosque de otras latitudes, con pequeños árboles sin hojas y grandes postes que sostenían gruesos cables de alta tensión.

Su marido había vuelto a casa después de tres días sin saber nada de él. Como siempre, regresaba borracho y desaseado, y comenzaba la retahíla de criticas y reproches con las que intentaba justificar sus ausencias, culpándola a ella de falta de comprensión y desisterés total por sus necesidades. Después comenzaría a recriminarle que ya no se cuidaba como antes, que vestía como una vieja  y que cada vez estaba más gorda  para terminar diciendo que él no se merecía esto y que no sabía para qué se molestaba en volver a casa, que estaba harto de su cara de estúpida y de su silencio.

Ella nunca decía nada. Sabía que era mejor dejar que gritase y con algo de suerte se iría para cama sin más. La última vez que intentó defenderse de sus críticas terminó con la nariz rota y con una sensación de irrealidad semejante a la que ahora estaba experimentando. Mientras él gritaba y la zarandeaba ella veía cada vez con más nitidez una especie de autopista rodeada de bosques y tenía la impresión de estar dentro de un coche. Decidió concentrarse en lo que veía y no prestar atención ni a los empujones ni a los insultos que rápidamente iban subiendo de tono.

De pronto sucedió. El sabor metálico y dulzón de la sangre llenó su boca y supo que tenía el labio roto. Una bofetada certera hizo que su cabeza golpease contra la esquina de la puerta. Mientras él la agarraba por los pelos e intentaba ponerla de nuevo en pie ella se concentraba en lo que veía a su alrededor, en los árboles que pasaban a gran velocidad y en el paisaje que parecía tan real que casi podía sentir la brisa en su cara.

La segunda bofetada hizo que le reventara el tímpano. Sintió que algo estallaba dentro de su cabeza y de repente todo se convirtió en un doloroso silencio. Tardó unos segundos en comprender lo que había pasado y no tuvo fuerzas para seguir viviendo. En su cabeza solamente veía un gran camión al que irremediablemente se iba acercando. Lo último que sintió fue un golpe seco en los riñones. De pronto, todo fue oscuridad.




19 de enero de 2013

El final silencioso.



Comenzaron siendo murmullos en una lengua desconocida, sílabas inconexas carentes de todo significado, tal vez palabras. Como esa musiquilla pegadiza y machacona que a veces se nos mete en la cabeza sin que podamos evitarlo. Cíclicamente se repetía la misma secuencia: un zumbido que poco a poco se convertía en una voz humana que pronunciaba tres o cuatro sílabas. Después silencio.

Como regresaba a casa después de pasar el fin de año en casa de sus padres no quiso darle demasiada importancia. Tal vez el exceso de alcohol y de dulces, o las pocas horas de sueño. Siempre le pasaba lo mismo al dormir en una cama distinta a la suya, tardaba mucho en conciliar el sueño y despertaba varias veces durante la noche.

Pero al entrar en la autopista la voz se hizo más nítida y pudo distinguir claramente que se trataba de un hombre hablando en inglés. Quiso pensar que se trataba de un fragmento de algún diálogo de las series que últimamente veía en versión original. O tal vez alguna canción de la que había olvidado la música. Quiso buscar una explicación racional, pero sobre todo quería quitarse de la cabeza esa voz que cada pocos minutos repetía las mismas palabras.

A mitad del camino se sobresaltó al descubrir que el tono de la voz se hacía cada vez más áspero y lo que en un principio eran simples murmullos se convirtieron en gritos airados y llenos de ira. Pudo escuchar claramente como un hombre insultaba y amenazaba a una mujer. Comenzó a sentirse mareado y decidió detenerse en la la próxima área de servicio. A medida que el coche iba reduciendo su velocidad la voz se fue convirtiendo nuevamente en murmullo, y mientras tomaba un café con leche y un bollo de chocolate no escuchó nada más que la conversación la mujer sentada en la mesa de al lado recriminándole a su esposo que la noche anterior bebiese él solo tres botellas de ese nuevo vino espumoso elaborado en las Rías Baixas.

Al subir de nuevo al coche y emprender la marcha la voz volvió, cada vez más iracunda y más amenazante. Intentó distraerse mirando por la ventanilla, concentrándose en el atardecer que teñía de naranja el horizonte. Pero los gritos continuaban repitiéndose cada vez con más intensidad. Por un instante creyó escuchar golpes, apagados lamentos de mujer suplicando y el inquietante sonido de la carne al desgarrarse y del hueso al fracturase. Apenas tuvo tiempo para girar la cabeza y ver como el motor de su coche se iba destrozando debajo de aquel camión. De pronto todo fue silencio.