6 de agosto de 2013

Las amistades veteranas.



Buscando la inspiración de antaño bajo al trastero a buscar algunos CD's que hace años que no escucho y levanto el campamento en la mesa de la cocina, dispuesto a pasar esta tarde noche escribiendo, como cuando tenía todo el tiempo para mi solo y me dedicaba a perderlo de manera sistemática y profesional. Si amigos, yo de joven era un experto en pérdidas de tiempo. Y no hablo de los efectos de alcohol, que también. Hablo de sentarse delante de un folio en blanco y acordarte de que tenías ganas de escuchar el directo de Radio Futura y levantarte a cambiar el vinilo y sin saber como ha ocurrido acabas poniendo el Rock&Rios. Hablo de las madrugadas en las que en lugar de estudiar las tonterías de Chomsky o de Vygotssky me ponía a escribir cartas o a encadenar versos mal medidos pensando que tenía algo importante que contar.

Pero os hablaba de hoy, de ahora mismo. No dudéis en interrumpirme si os aburro, que a veces me pongo muy cansino, sobre todo cuando me da por hablar de mi mismo. Confieso tenía mis dudas sobre si escribir esto que ahora mismo estás leyendo, pero al fin y al cabo este blog solo lo leéis cuatro o cinco, y nada de lo que os cuente será novedoso. En realidad, más que contar se trata de constatar un hecho, o más bien de rendir un pequeño homenaje a la amistad en general, y en concreto a mis amigos y amigas. No soy un tipo de amistad fácil, la verdad. Y con esto no me refiero simplemente a la facilidad para entablar amistades sino en lo complicado que era hace unos años aguantarme. Mi actitud a veces me recordaba a la táctica de tierra quemada que utilizaron los rusos contra Napoleón, o al caballo de Atila. Arrasarlo todo!!!

Y sin embargo hay veces en las que la amistad está tan arraigada en nosotros que vuelve a florecer donde solamente había cenizas y abandono. El silencio se convierte en conversación y aunque hayan pasado años descubrimos que todavía mantenemos esa complicidad que nos permite sincerarnos plenamente sabiendo que nos escuchan y que a veces incluso nos comprenden.

Te cuento esto porque con cuarenta años recién cumplidos descubro que mis amistades son prácticamente las mismas de hace más de veinte años. Son mis amistades veteranas, las que me conocieron con más pelo y menos barriga, las que ya estaban cuando no tenía siquiera ordenador y escribía en folios reciclados lo que ahora escribo en este blog. Son esas personas a las que alguna vez les he escrito cartas ininteligibles con una letra ilegible, a las que les mandaba postales de navidad personalizadas y con las que ahora apenas me comunico porque no tengo wasap. Y sin embargo se que están ahí, y como es improbable que leáis este blog decido ponerme cursi y deciros eso, que os quiero.


5 de agosto de 2013

El hombre que asustaba a los caballos.


Algo falla.

Sonia me regaló un par zapatillas de las buenas para hacer frente al síndrome CCC que sufro desde hace unos meses. Cada dos días salgo a correr y hace ya unos meses que no consumo las cañas de chocolate de la máquina que hay en mi trabajo. Todo es inútil. No consigo perder los cinco quilos que me sobran ni superar los seis quilómetros en los que llevo atascado desde hace semanas.

Pensaba yo que esto de retomar la actividad deportiva sería algo progresivo, que cada día iría sintiéndome mejor y que al final miraría el reloj sorprendido al descubrir que llevo una hora corriendo. Imaginaba a las mujeres volviéndose al verme pasar tan atlético y a los jovencitos del monopatín envidiando mi estado de forma.

Qué va!! Cada vez me siento peor! Las señoras que están cortando la hierba me miran sorprendidas al verme pasar tan colorado "neno, descansa un pouquiño, que te vas poñer malo", me dijo ayer la vecina de la casa de enfrente. Los niños que sestean en los carritos de paseo se despiertan sobresaltados y comienzan a llorar al escuchar mis resoplidos e incluso los caballos levantan las orejas sorprendidos intentando descubrir a que animal corresponden los bramidos que están escuchando.

Creo que algunos vecinos se reúnen a media tarde para verme escucharme pasar y sospecho que las pintadas que han aparecido hace unas semanas dando ánimos a un tal boquerón se refieren a mi. La gente se está encariñando conmigo, sobre todo cuando ven que a pesar de todo intento dar las buenas tardes y me sale una especie de gemido que solamente el buen entendimiento de las personas interpreta como un saludo.

Y aún así hoy voy a salir de nuevo. Con mis zapatillas nuevas y mi pulsómetro no habrá camino que me baste ni caballo que se espante, como dicen en mi pueblo.