10 de diciembre de 2014

Decisiones

Salir y cerrar la puerta. 

Recorrer caminos olvidados por el único placer de recorrerlos, sin buscar nada, sin intención de encontrarnos con nada. Salir para no volver, abandonarnos al dulce transcurrir de las estaciones y al cíclico paso de las vidas sobre estas tierras. 


Salir y dejarlo todo. 

Despreciar este vano intento de perdurar que es el arte, cualquier arte. Acaso no quiere el pintor perdurar a través de sus cuadros, o el músico, o el creador de videojuegos... Acaso no es infantil el empeño de la humana gente por ser recordada por sus obras, por dar más importancia a los actos y a los hechos que a la esencia misma de la vida, que no es otra cosa que la propia vida, el milagro continuo de la nada convertida en realidad, de la mezcla de sustancias convertida en músculos y sueños, en hojas que caen eternamente para volver a surgir convertidas en nitrógeno que será hierba que será conejo que será músculo que moverá la mano diestra del artesano convencido de su trascendencia.

Salir.

Salir y encontrarse con el mundo, y reconocerse en los vientos que traen las viejas canciones de otros pueblos y en los pequeños destellos de la misma lluvia que durante miles y miles de años conmovió a generaciones y generaciones de habitantes perdidos en la misma tierra que ahora habitamos.  

Salir y cerrar la puerta con la firme decisión de no volver jamás. Con la certeza de que no habrá regreso posible. Sentir la lucidez suficiente para saberse totalmente prescindible para las generaciones futuras, para entender que nada de lo que podamos contar, o pintar o esculpir o diseñar o convertir en música servirá para mantenernos aquí. 

Salir.

Salir y cerrar la puerta sin miedos, sin titubeos y sin remordimientos. 

Salir finalmente con la certeza de que dentro, ya no queda nada.

24 de octubre de 2014

El saxo es coche de chicas.


      Pero cómo que ya no quieres el mercedes, tú estás loco!!! -chillaba Nicolás en la esquina de la barra- El padre de tu abuelo Ramón fue el primero en tener coche en la ciudad, y era un mercedes. Tu abuelo viajó a Alemania para traerse el mercedes que le regaló a tu padre el día de su boda y tú eres probador internacional de asientos de mercedes.
      Como Nicolás es algo energúmeno tiene por costumbre gritar en lugar de hablar, pero algo de razón tiene cuando le recrimina a Ramón su decisión de deshacerse del mercedes para comparse un saxo.
      Todo empezó hace dos semanas- vuelve a explicarnos Ramón – Despues de que el coche oficial de la Conselleira de Sanidade me destrozara el faldón derecho tuve que dejar el mercedes en el taller. Me dejaron un vehículo de cortesía y no se qué pasó, pero me enamoré de aquel coche.
      Al entrar me sorprendió la ausencia de pantalla central o de indicadores luminosos en el salpicadero, pero sentarme al volante fue una experiencia entrañable, como sentirse abrazado, y no me refiero solamente al roce de mis rodillas en el volante o al techo tocando mi cabeza. No. Tuve la sensación de que el coche me recibía afectuosamente.
      No jodas, Ramón, no jodas. Que mi mujer tiene un 205 y ahí no hay quien entre.
      Además el saxo es un coche de chicas, coño!!
      Ramón ni se inmutó ante mis comentarios y los de Nicolás. Su rostro permanecía imutable y con un gesto nos invitó a mirar por la ventana.
      Pero no me digáis que no es entrañable -nos dijo señalando el coche aparcado enfrente del bar- Yo ya se que la experiencia de conducción no es sencilla ni sobresaliente, y que la seguridad apenas es perceptible. Soy consciente de que el acabado interior parece inacabado y que el único embellecedor exterior son las pegatinas que intentan disimular las manchas de óxido. No busquéis en él unas lineas deportivas o un frontal agresivo ideal para la conducción en ciudad.
      No amigos, no espero que lo entendáis. Hay cosas que solamente pueden entenderse si se experimentan, pero cuando el amor llega así de esta manera, uno no tiene la culpa.
      Ramón acabó su café, se comió la galletita caramelizada y con un cariñoso saludo se despidió de la concurrencia. Con una expresión de felicidad infantil se acomodó en el asiento del saxo y arrancó.  
      




21 de octubre de 2014

O paseo das landras.

Hoxe, ao saír da escola, L quería recoller  landras no patio. Era xa algo tarde, e como os venres pechan a escola ás catro díxenlle que ao chegar a casa iriamos dar un longo paseo na procura das landras. Iso si, antes tivo que me explicar que era iso das landras!!




Comezamos a nosa expedición cara ao descoñecido mundo das landras saudando ao novo burro que temos de veciño. Respondeu amablemente ao noso saúdo movendo ás orellas, aínda que nesta fotografía non se vexa. Parecía tranquilo e feliz, gozando da liberdade de movementos da que carece o seu compañeiro de pastos.






Ao ladiño había un coaching de cabalos que como Robert Redfort estaba obrigando a dar voltas e máis voltas a un cabaliño que parecía canso. 

Non parecía moi feliz sendo o centro de atención do home. Seguramente preferiría estar como o burro, á súa bola, pero alí estaba. Un lindo cabalo negro dando voltas arredor dun home.







Deixamos de pensar nas vidas tan diferentes que levan cabalos e burros e comezamos a internanos polo camiño no que o sol colorea as árbores e os comaros.

Era un camiño como de fotografía, algo semellante ao que algúns poñen no escritorio do seu ordenador. Algo lindo de ver...





E de súpeto, un cerrado!!! Recordei as palabras do meu amigo Xosé Manuel falando daquela colección de fotografías á que ía chamarlle "Yo para ser feliz quiero un somier".

Como explicalo? Como contarlle ao mundo que aquí somos así, que en pleno Camiño de Santiago a alguén lle deu por chantar dous somieres facendo de cancela?






A tardiña ía caendo e unha egua e o seu poldro ían de regreso á corte.
 O poldro feliz despois dun día no campo, a súa mama máis tranquila e pensando no contiño que tería que inventar esa noite para que o cativo durmise.






- Mira papa, os carballos chegan ao ceo!!
Ou o ceo deixase caer mainamente sobre os carballos para que as follas lle fagan cóxegas na barrigola.

O ceo ten estas cousas, ás veces cambia de cor e fai chover e outras veces convértese en névoa para acariñarnos.






E de súpeto aparecen!

Imos descubrindo as primeiras pegadas das landras!!

Afastados do camiño buscamos debaixo das follas e das herbas, apartamos tamén algún croio e unha ponla medio podre que estaba chea de formigas.







Pero semella que algúen se nos adianta!!

Os esquíos están traballando no outono para ter a súa despensa chea durante o inverno. E o que van desixando son os sombreiros das landras...

Teremos que seguir buscando...







Aquí están!!
Landras saniñas e de distintas cores.
Landras que parecen vir do espacio exterior ou de Marte.
Landras que nos fan pensar en novos contos de esquíos faladores e porquiños lambóns.








Landras para dar e tomar...
Pensamos en poñerlles nomes, en levalas para casa xuntiñas, con follas e con sombreiros.
Queremos facer cousas novas coas landras, metelas nun xarrón ou pintalas de cores, poñerlles ollos e bigote e chamarlles con outros nomes...




A gran landra!!

Tan feituca e tan gordecha.
É un carballo en potencia, que diría Aristóteles, e como tal decidimos botala no medio do monte e se lle cadra dentro de vinte anos sexa unha fermosa árbore en plena adolescencia.







Regresamos de volta camiño arriba, que entre unha cousa e outra cousa case chegamos a Camiño Real de Piñeiro, máis aló do Monte dos Toxos.

Imos pensando en novos paseos, en novos contos e en todo o que podemos atopar cando subamos aos montes.







Paramonos a escoitar a tertulia dos carballos que comentan as novidades do día, os peregrins que pasaron cara a Compostela, os cabalos que baixarons, os paseantes coma nós que ían buscando landras, ou máis ben castañas e cogumelos.







Unha última sorpresa!!

 Unha boa cabaza para o Samain que se achega.
Un pedazo cabazo, millo que quedou sen recoller  e as navizas noviñas que xa se deixan querer. 

Cousas lindas que trae o outono, cousas que nos gusta ver e que tamén nos gusta comer.







E o sol vai marchando e nos anuncia que vai sendo hora de recollérmonos nós tamén.

O paseo foi divertido, descubrimos algunhas cousas novas e inventamos novas cancións e tiramos algunhas conclusións que para os adultos non son acertadas, pero que para o noso neno e á nosa nena serán o alimento dos seus soños.







8 de octubre de 2014

Fuerza y vida.


De repente siente unas incontenibles ganas de correr. 

La playa está medio desierta y el sol comienza a asomar por encima de los edificios grises y del humo de la ciudad. Tiene diecisiete años y todo en él son ganas y energía. Su cuerpo es hermoso y fuerte y aunque sabe que no es un lugar adecuado para estar en aquel momento, decide correr por la orilla de la playa.

El aroma del mar ensancha sus pulmones y una ligera brisa refresca su cara y sus brazos. Casi sin pensarlo se quita la camiseta, quiere sentir las gotas de agua salpicando su piel y mezclándose con el sudor. Comienza a pensar en que ya es un hombre. Hace un par de meses que comenzó a trabajar con su tío en la ciudad y su madre ya no pone reparos a que se vea con Halima. Ama a esa chica y pronto se casarán.


Al llegar a las rocas del fondo decide dar la vuelta y seguir corriendo. Su respiración se convierte en resuello y sus músculos se tensan por el esfuerzo. El corazón golpea con fuerza y siente la vida fluir a través de sus venas. Los reflejos del sol sobre las olas crean pequeños destellos y puede escuchar el rumor de las olas marcando un ritmo cadencioso que invita a sentirse pleno y en paz con el mundo.


Comienza a imaginarse su vida con Halima. Quiere tener una gran familia, quiere montar su propio negocio en la ciudad, vivir en su propia casa y conseguir un futuro mejor para sus hijos y sus hijas. Imagina cómo serán, qué nombres les pondrá y casi puede escuchar sus voces pidiéndole que los suba arriba, arriba, más arriba...


Mira hacia el cielo azul. La mañana es una realidad luminosa y cálida que invita a soñar. Decide irse para su casa, pero un silbido familiar le obliga instintivamente a buscar refugio. Un estruendo, un golpe seco y un dolor inmenso que le rompe el futuro. Lo último que ve es su pierna inesperadamente tendida sobre la arena.


A quince millas de allí, en la cubierta de la fragata INS Laehav, clase Sa'ar 5, un sargento felicita al primer artillero por la precisión y limpieza del disparo.


2 de octubre de 2014

La llamada del videojuego.

Nunca  he sido un tipo gregario. Ya de niño me sentía incómodo en los grupos y buscaba jugar solamente con uno o dos amigos en lugar de formar parte de una pandilla. Siempre necesité hablar y explicarme para sentirme próximo a alguien, y cuando hay mucha gente me cuesta mucho expresarme. Yo era siempre el raro, el que siempre se quedaba atrás y el que casi nunca hablaba. Tal vez mi escasa autoestima o mi inmenso complejo de inferioridad, no lo se, pero lo cierto es que lo mio no son los grupos y me ponen bastante nervioso las grandes reuniones, comidas, fiestas y demás. Esto va a ser un problema muy grande cuando tenga que ir a recoger los premios literarios. Tendré que contratar a un coaching para que me ayude, pero esto da para otra entrada.
Ahora lo que quiero contar es que desde hace unos meses siento una extraña necesidad de hacer algo en grupo, de participar en un proyecto con otras personas y sentirme parte de algo. Son cosas de la edad, y que más da... A los de mi generación nos adiestraron metiéndonos en aulas con otros treinta niños y niñas, pero la mayoría de las tareas eran individuales: los trabajos, los exámenes, las lecturas. En la escuela de la EGB pocas cosas se hacían en grupo. Y en la universidad o en la vida laboral las cosas no son muy diferentes. Cada uno va a lo suyo, hace su trabajo y eso de la cooperación y del trabajo en equipo nos cuesta un poco.
O por lo menos a mí me pasa.
Y sin embargo tengo ganas de agruparme y de participar. Por eso a principios de año decidí afiliarme a un partido político cualquiera, recuperar mi actividad en las ONG´s y buscar otros entretenimientos que deban desarrollarse en grupo para poder saciar esta llamada de la manada que me invade últimamente. Pero la política es algo que ahora está muy de moda y el tiempo del que dispongo en los últimos años no me permite participar en las ONG´s de una manera estable y seria por lo que la única alternativa que me queda es la búsqueda de nuevas aficiones.
Por algunas entradas de este blog sabréis que soy un tipo de escasas inquietudes y una voluntad limitada para desarrollarlas. Las astronomía hace años que no la practico y ya no recuerdo la última vez que hice uso de mi talento innato para la astrología, quiromancia y otras facultades que ahora no vienen al caso. Últimamente a lo único que me dedico intensamente es a la crianza, que también es un trabajo en equipo (e vaia equipo fago coa miña namorada!!) pero no es exactamente un pasatiempo.
Lo que quiero explicar es que a partir de ahora voy a dedicarme a la industria de los videojuegos. Mi objetivo es crear un juego de ordenador, y eso me va a obligar a aprender muchas cosas nuevas y sobre todo a relacionarme con otras personas. Tendré que aprender a programar, diseño 3D, inglés... pero sobre todo tendré que aprender a trabajar en equipo. Actualmente todo lo relacionado con los videojuegos se hace en equipo, ya sea una gran empresa o lo que se llama creadores independientes. Esto es a lo que me quiero dedicar, a formar parte de un grupo de creadores independientes.
Todo esto viene al caso porque desde hace unos meses estoy limpiando los armarios de mi memoria vital y hay cosas que decidí eliminar directamente, pero sin embargo hay otras que quiero reutilizar. Por una parte quiero eliminar mi tendencia al ostracismo y por otra quiero reutilizar mi experiencia con los juegos de ordenador de los años 80. Y que mejor solución que hacerme desarrollador independiente de videojuegos.


Es una idea totalmente descabellada y ridícula, ya lo se, pero ya tengo los años suficientes para dedicar mi tiempo a lo que me plazca y no a lo razonable o útil. Demasiado tiempo perdí estudiando tonterías que no servían para nada. Voy a darme el gusto de hacer lo que me apetece.

Y si sabes programar, diseñar en 3D, inglés, o tienes algún tipo de experiencia en esto de los juegos, o simplemente tienes ganas no lo dudes, esta es tu oportunidad. Yo saber no se nada de lo anterior, pero lo importante de los grupos no es el conocimiento o las capacidades individuales, sino lo que pueden hacer en equipo. Una buena manera de empezar sería ir al MGW 2014, pero otra de las cosas que debo eliminar es el miedo infantil a las ciudades, pero eso será en otra anotación en este cuaderno de bitácora que va sin rumbo por los cada vez menos heladas aguas del Mar de Beaufort. 


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11 de julio de 2014

O pequeno vicio do incansábel e obsesivo Braulio Mackenzie


Braulio Mackenzie tiña un gran problema coa súa vida íntima. Agora que o seu grupo triunfara mundialmente co seu último disco “Pasando de castañas e pandeireteiras”, os xornalistas e os fans queríano saber todo sobre as súas vidas. Sempre fora un tipo normal, o máis natural do grupo. Nada que ver co Richard, sempre provocador e exhibicionista e sen reparos á hora de contar ou inventar todas as súas intimidades. Ou mesmo co insulso Ramón, o guitarrista, que o máis atrevido que fai nos concertos é berrarlle ao público arriba arriba arriba.

Non. El era o tipo no que todos se recoñecen, un rapaz normal, coa súa moza de toda a vida, coas súas ganas de pasalo ben pero sen ningún afán de protagonismo. El púñase detrás da batería e veña música. Se había que saudar saudaba, e se tiña que adoptar unha pose de tipo duro pois puña ás gafas de sol e cara de malo e veña, que ao fin e ao cabo eran o grupo heavy de moda e había que manter certa estética rompedora e malhumorada, que de todos é sabido que os heavyes son rapaces malos falando de cousas lindas.

Pero Braulio Mackenzie tiña un vicio oculto que moi poucos coñecían. Non facía dano a ninguén, non atentaba contra a dignidade de persoa algunha e tampouco supuña un dano para a súa saúde ou para a dos demais, pero sabía que de chegar a coñecerse, a súa carreira como rockeiro tería rematado. Nalgunha ocasión, estando de xira co grupo, o Richard xa lle tiña avisado que aquilo non era normal, que esa teima súa ía traerlles problemas, que calquera podía tirar un fotografía e que comprometería a imaxe do grupo.

Pero Braulio non podía remedialo, era un impulso superior a el. En canto entraba na habitación do hotel ou mesmo no camerino comezaba a pensar en facelo, e ao pouco xa estaba cambiándose de roupa e dándolle ao tema. Nalgunha ocasión chegou a botar fora ao servizo de habitacións berrando “Deixádeme só, deixádeme só que podo facelo eu todo!!”

E agora, con todo o rebumbio provocado polo novo disco a cousa estaba complicándose de máis. A súa moza xa lle advertira que non podían seguir así, que non podían ausentarse nas entrevistas ou nas roldas de prensa para encerrarse nos cuartos de baño. Que na casa estaba ben, non molestaban a ninguén, pero nos lugares públicos era moi arriscado, sobre todo tendo en conta que os xornalistas andaban detrás deles todo o tempo. Por iso estaba visitando a un famoso psicólogo da conduta que lle explicou que era unha unha protección da súa mente para non ter que recordar algún episodio traumático na súa infancia e lle marcara unha terapia que consistía en asubiar un tema de Manolo Escobar cada vez que sufrise un ataque obsesivo.


Todo era inútil. Braulio Mackenzie non era quen de controlarse. Era ver un inodoro e sentir unha irrefreábel necesidade de limpar. E non so era iso, senón que tiña que vestirse como Freddy Mercury no famoso vídeo de “I want to break free”. E dáballe igual que fose na súa casa, na casa dalgunha amizade ou nos baños de calquera hotel. A Braulio gustáballe limpar os baños, pasarlle unha baeta aos azulexos e deixar o chan como unha patena.





8 de julio de 2014

Tres segundos e un sorriso.


Ela ía dicir que era a súa primeira vez, pero non dixo ren e el sentíase nervioso como se fose a súa primeira vez.

Ela puxera os pantalóns curtos que mercara o día anterior nas rebaixas, que por algo viña de aprobar a selectividade, e saíra da casa disposta a saborear estes días de vacacións como se fosen un premio merecido despois de moitos meses de estudo. El vestírase de maneira cómoda e informal para comezar o seu período de probas naquela empresa de neuromarketing, recortara a barba o día anterior como Orlando Bloom en Piratas del Caribe e sentíase guapo guapo.

A ela sorprendéralle que entre tanta xente como alí había aquel rapaz tivera reparado nela. A el tremíalle un chisco a man, pero disimulaba debuxando pequenas flores cun lapis HB nº2.

Ela non se atrevía a mirarlle aos ollos e descubriu que tiña unhas mans pequenas e fermosas e el non puido deixar de pensar que aqueles esquivos ollos melosos eran o mais lindo de aquel soleado día de primeiros de xullo.

A ela gustoulle que aquel rapaz que parecía Orlando Bloom en Piratas del Caribe lle preguntara se tiña uns minutos para contestar a unha enquisa e a el gustoulle que ela lle confesase, cun tímido sorriso, que aínda tiña dezasete anos.

Ela non sabía que aquel día saíra da casa con propensión ao namoramento e el descoñecía que fose posible namorarse en tres segundos e un sorriso.


22 de abril de 2014

Las preguntas del guitarrista inseguro.






Era una especie de castillo medieval, tal vez un auténtico pazo gallego del siglo XIV. El escenario estaba situado en lo alto de una torre que me recordaba a la de los Andrade de Pontedeume. A mi derecha podía ver unas pequeñas ventanas con vidrieras de colores y a mi izquierda se abría una gran puerta de dos hojas. La madera de la puerta era de roble y estaba adornada con figuras vegetales en la parte inferior y pequeños monos y animales de tres cabezas en la parte superior.

No puedo explicarlo bien, pero no podía evitar mirar a través de una de las ventanas, extrañamente abierta, y dentro de la torre veía lo que parecía una fiesta infantil, con globos de colores y piñatas colgadas en las fuertes vigas de madera de castaño y una mesa en el medio con dulces, sándwiches de pan bimbo cortados en diagonal y otras golosinas. Esto, que ya de por si era un poco extraño, resultaba de todo incoherente con el resto de esta curiosa historia.

Porque lo realmente curioso del caso no es donde estaba, sino con quien y sobre todo que estábamos haciendo. Yo tenía una guitarra eléctrica y estaba hablando con Charli Domínguez sobre mis inexistentes conocimientos en el manejo de una Fender Stratocaster. Él me decía que no importaba demasiado, que entre tanto ruido nadie se iba a enterar de si tocaba o no tocaba la guitarra. Yo tenía dudas, muchas dudas, sobre todo teniendo en cuenta mi trastorno de ansiedad social. Y estaba claro que aquella multitud que se estaba aglomerando enfrente de nosotros creaba una situación socio-fóbica en la que me sería muy difícil sentirme ya no cómodo, sino capaz de articular una sola palabra. Esa era la razón por la que no me atrevía a subir.
- Pero por eso no te preocupes- dijo Yosi poniéndome un brazo encima del hombro- que ya hablo yo por todos. Tú solamente ponte delante de la batería y dale a la guitarra. Si te vas a sentir más tranquilo te la desconectamos y se encarga el Cereijo de todo.

Recordé aquellas tardes de sábado antes de salir en las que me plantaba delante del espejo del armario y tocaba esa guitarra imaginaria que muchos tocábamos en los 80. Ahora tenía la oportunidad de hacerlo con una guitarra de verdad y además tocando con Los Suaves. Reconozco que en aquel punto la idea ya me estaba gustando, pero aún así no salía de mi asombro. ¿Qué demonios hacía yo encima de un escenario? ¿A quien se le había ocurrido hacer un concierto en una torre del homenaje? Y lo más desconcertante de todo... ¿Qué hacíamos celebrando un cumpleaños minutos antes del concierto? ¿Desde cuando los del rock tomaban sándwiches de nocilla? 

Lamentablemente, todas estas preguntas quedaron en el aire. A las 6.47 el despertador anunció que el concierto había terminado y así me quedé sin saber de lo que soy capaz encima del escenario.
 
 






11 de abril de 2014

Ninguneo laboral.

A lo largo de mi vida siempre me he sentido un poco ninguneado por los demás. Supongo que mi baja autoestima está en el origen de esta pringosa sensación que me hace sentir excluido de los grupos y que me mantiene casi siempre al margen de las conversaciones en las que intervienen más de tres personas.
No consigo recordar nada de mi infancia, pero si recuerdo que la primera vez en la que sentí que no valoraban mi trabajo. Había estado la tarde anterior contando los arbustos de mi casa (ahora lle llaman seto) y recogía las últimas hojas que quedaban cuando unas vecinas que pasaban por el camino vieron a mi hermano y comenzaron a agradecerle que cortara el seto, que ellas eran mayores y como no veían bien a veces tropezaban con las ramas, que había sido muy amable y que esperara un momento, que iban a revisar sus monederos para ver si encontraban algo para darle.
Mi hermano no decía ni palabra, claro, y un ataque de timidez me impidió acercarme y decirles que había sido yo el que había cortado los arbustos. Aquel día perdí doscientas pesetas, y debí aprender que no siempre el que trabaja es el que se lleva los méritos.
Años después estaba yo feliz con mis buenas notas en latín. Yo quería hacer letras puras en tercero de bachillerato y era un buen alumno, pero eso poco le importó al profesor de latín. Lo que él quería era convencer a Carlos para que se matriculase en su asignatura. Carlos no era bueno, era el mejor, y tenía muy claro que iba a ser ingeniero de caminos , pero el profesor insistía una y otra vez que el futuro estaba en el latín, y el muchacho que no y que no... y yo esperaba para preguntarle qué podría traducir en el verano... Y ni caso.
¿Y qué contar de aquella vez que presenté mis poemas a un concurso literario en el concello de Viveiro y declararon el concurso desierto? ¿O cuando le pedía para bailar a aquella chica y ni siquiera me contestaba?
Siempre fui un hombre ninguneado. En las barras de los bares no suelen percatarse de mi presencia y en las colas del supermercado siempre tengo que estar atento para que no se me cuelen las señoras. -Perdona hombre, no te había visto- me dicen.
Supongo que será cuestión de envergadura, o algo relacionado con nuestra aura que hace que algunos siempre pasemos desapercibidos y que no importe mucho lo que digamos o lo que hagamos, ni nos escucharán ni nos tendrán en cuenta.

Esto es exactamente lo que suele pasarme en los trabajos por los que voy pasando. Siempre son otros los que se llevan los méritos y las prebendas, y no suelen ser los más capaces ni los más hacendosos. Lo mío ni se tiene en cuenta, ni se valora. Soy un ninguneado laboral. Y gracias.

9 de abril de 2014

Bu

Discutía acaloradamente con Ramón sobre si las uñas de los pies deben cortarse antes o después de darnos una ducha cuando la muchacha de la bufanda a cuadros entró en La Taberna de Beaufort. Ramón, que siente una enfermiza atracción por las minifaldas, paseó con deleite su mirada por las macizas piernas de aquella morena mientras que yo, siempre atento a las nuevas tendencias que marca la moda, no podía dejar de preguntarme si la bufanda estaba tejida con dos palillos, crochet o aguja circular.

Pasados los primeros segundos de curiosidad Ramón decidió ejercer sus funciones como responsable de ventas y relaciones públicas de La Taberna de Beaufort  y le preguntó a la joven si quería tomar algo. Yo disimulaba mi interés por el arte de la calceta hojeando el Marca sin demasiado entusiasmo cuando la muchacha se acercó a mi diciendo que lo que quería era el libro.

- Libros, lo que se dice libros no tenemos- contestó Ramón algo confundido - Pero tenemos algún suplemento dominical que tiene mucho para leer.

La muchacha miraba para mi, Ramón miraba para mi y dos clientes que compartían su pasión por el albariño también comenzaron a mirarme. Como bien sabéis, soy un tipo tímido y poco acostumbrado a ser el foco de atención. Apuré mi cerveza de un sorbo y comencé a tarear una vieja cancioncilla de Sabina para disimular, pero cuando volví a mirar, la muchacha seguía allí.

Avergonzado tuve que confesar que el libro seguiría debajo del contendor al que había llegado después del puntapié que le propiné. Iba a disculparme asegurando que no sabía que era suyo, pero la muchacha ya me había agarrado la mano y me ordenaba que le indicase inmediatamente la posición exacta del libro en cuestión.

Y fué en ese preciso momento cuando lo sentí. Me había enamorado.