22 de abril de 2014

Las preguntas del guitarrista inseguro.






Era una especie de castillo medieval, tal vez un auténtico pazo gallego del siglo XIV. El escenario estaba situado en lo alto de una torre que me recordaba a la de los Andrade de Pontedeume. A mi derecha podía ver unas pequeñas ventanas con vidrieras de colores y a mi izquierda se abría una gran puerta de dos hojas. La madera de la puerta era de roble y estaba adornada con figuras vegetales en la parte inferior y pequeños monos y animales de tres cabezas en la parte superior.

No puedo explicarlo bien, pero no podía evitar mirar a través de una de las ventanas, extrañamente abierta, y dentro de la torre veía lo que parecía una fiesta infantil, con globos de colores y piñatas colgadas en las fuertes vigas de madera de castaño y una mesa en el medio con dulces, sándwiches de pan bimbo cortados en diagonal y otras golosinas. Esto, que ya de por si era un poco extraño, resultaba de todo incoherente con el resto de esta curiosa historia.

Porque lo realmente curioso del caso no es donde estaba, sino con quien y sobre todo que estábamos haciendo. Yo tenía una guitarra eléctrica y estaba hablando con Charli Domínguez sobre mis inexistentes conocimientos en el manejo de una Fender Stratocaster. Él me decía que no importaba demasiado, que entre tanto ruido nadie se iba a enterar de si tocaba o no tocaba la guitarra. Yo tenía dudas, muchas dudas, sobre todo teniendo en cuenta mi trastorno de ansiedad social. Y estaba claro que aquella multitud que se estaba aglomerando enfrente de nosotros creaba una situación socio-fóbica en la que me sería muy difícil sentirme ya no cómodo, sino capaz de articular una sola palabra. Esa era la razón por la que no me atrevía a subir.
- Pero por eso no te preocupes- dijo Yosi poniéndome un brazo encima del hombro- que ya hablo yo por todos. Tú solamente ponte delante de la batería y dale a la guitarra. Si te vas a sentir más tranquilo te la desconectamos y se encarga el Cereijo de todo.

Recordé aquellas tardes de sábado antes de salir en las que me plantaba delante del espejo del armario y tocaba esa guitarra imaginaria que muchos tocábamos en los 80. Ahora tenía la oportunidad de hacerlo con una guitarra de verdad y además tocando con Los Suaves. Reconozco que en aquel punto la idea ya me estaba gustando, pero aún así no salía de mi asombro. ¿Qué demonios hacía yo encima de un escenario? ¿A quien se le había ocurrido hacer un concierto en una torre del homenaje? Y lo más desconcertante de todo... ¿Qué hacíamos celebrando un cumpleaños minutos antes del concierto? ¿Desde cuando los del rock tomaban sándwiches de nocilla? 

Lamentablemente, todas estas preguntas quedaron en el aire. A las 6.47 el despertador anunció que el concierto había terminado y así me quedé sin saber de lo que soy capaz encima del escenario.
 
 






11 de abril de 2014

Ninguneo laboral.

A lo largo de mi vida siempre me he sentido un poco ninguneado por los demás. Supongo que mi baja autoestima está en el origen de esta pringosa sensación que me hace sentir excluido de los grupos y que me mantiene casi siempre al margen de las conversaciones en las que intervienen más de tres personas.
No consigo recordar nada de mi infancia, pero si recuerdo que la primera vez en la que sentí que no valoraban mi trabajo. Había estado la tarde anterior contando los arbustos de mi casa (ahora lle llaman seto) y recogía las últimas hojas que quedaban cuando unas vecinas que pasaban por el camino vieron a mi hermano y comenzaron a agradecerle que cortara el seto, que ellas eran mayores y como no veían bien a veces tropezaban con las ramas, que había sido muy amable y que esperara un momento, que iban a revisar sus monederos para ver si encontraban algo para darle.
Mi hermano no decía ni palabra, claro, y un ataque de timidez me impidió acercarme y decirles que había sido yo el que había cortado los arbustos. Aquel día perdí doscientas pesetas, y debí aprender que no siempre el que trabaja es el que se lleva los méritos.
Años después estaba yo feliz con mis buenas notas en latín. Yo quería hacer letras puras en tercero de bachillerato y era un buen alumno, pero eso poco le importó al profesor de latín. Lo que él quería era convencer a Carlos para que se matriculase en su asignatura. Carlos no era bueno, era el mejor, y tenía muy claro que iba a ser ingeniero de caminos , pero el profesor insistía una y otra vez que el futuro estaba en el latín, y el muchacho que no y que no... y yo esperaba para preguntarle qué podría traducir en el verano... Y ni caso.
¿Y qué contar de aquella vez que presenté mis poemas a un concurso literario en el concello de Viveiro y declararon el concurso desierto? ¿O cuando le pedía para bailar a aquella chica y ni siquiera me contestaba?
Siempre fui un hombre ninguneado. En las barras de los bares no suelen percatarse de mi presencia y en las colas del supermercado siempre tengo que estar atento para que no se me cuelen las señoras. -Perdona hombre, no te había visto- me dicen.
Supongo que será cuestión de envergadura, o algo relacionado con nuestra aura que hace que algunos siempre pasemos desapercibidos y que no importe mucho lo que digamos o lo que hagamos, ni nos escucharán ni nos tendrán en cuenta.

Esto es exactamente lo que suele pasarme en los trabajos por los que voy pasando. Siempre son otros los que se llevan los méritos y las prebendas, y no suelen ser los más capaces ni los más hacendosos. Lo mío ni se tiene en cuenta, ni se valora. Soy un ninguneado laboral. Y gracias.

9 de abril de 2014

Bu

Discutía acaloradamente con Ramón sobre si las uñas de los pies deben cortarse antes o después de darnos una ducha cuando la muchacha de la bufanda a cuadros entró en La Taberna de Beaufort. Ramón, que siente una enfermiza atracción por las minifaldas, paseó con deleite su mirada por las macizas piernas de aquella morena mientras que yo, siempre atento a las nuevas tendencias que marca la moda, no podía dejar de preguntarme si la bufanda estaba tejida con dos palillos, crochet o aguja circular.

Pasados los primeros segundos de curiosidad Ramón decidió ejercer sus funciones como responsable de ventas y relaciones públicas de La Taberna de Beaufort  y le preguntó a la joven si quería tomar algo. Yo disimulaba mi interés por el arte de la calceta hojeando el Marca sin demasiado entusiasmo cuando la muchacha se acercó a mi diciendo que lo que quería era el libro.

- Libros, lo que se dice libros no tenemos- contestó Ramón algo confundido - Pero tenemos algún suplemento dominical que tiene mucho para leer.

La muchacha miraba para mi, Ramón miraba para mi y dos clientes que compartían su pasión por el albariño también comenzaron a mirarme. Como bien sabéis, soy un tipo tímido y poco acostumbrado a ser el foco de atención. Apuré mi cerveza de un sorbo y comencé a tarear una vieja cancioncilla de Sabina para disimular, pero cuando volví a mirar, la muchacha seguía allí.

Avergonzado tuve que confesar que el libro seguiría debajo del contendor al que había llegado después del puntapié que le propiné. Iba a disculparme asegurando que no sabía que era suyo, pero la muchacha ya me había agarrado la mano y me ordenaba que le indicase inmediatamente la posición exacta del libro en cuestión.

Y fué en ese preciso momento cuando lo sentí. Me había enamorado.