10 de diciembre de 2014

Decisiones

Salir y cerrar la puerta. 

Recorrer caminos olvidados por el único placer de recorrerlos, sin buscar nada, sin intención de encontrarnos con nada. Salir para no volver, abandonarnos al dulce transcurrir de las estaciones y al cíclico paso de las vidas sobre estas tierras. 


Salir y dejarlo todo. 

Despreciar este vano intento de perdurar que es el arte, cualquier arte. Acaso no quiere el pintor perdurar a través de sus cuadros, o el músico, o el creador de videojuegos... Acaso no es infantil el empeño de la humana gente por ser recordada por sus obras, por dar más importancia a los actos y a los hechos que a la esencia misma de la vida, que no es otra cosa que la propia vida, el milagro continuo de la nada convertida en realidad, de la mezcla de sustancias convertida en músculos y sueños, en hojas que caen eternamente para volver a surgir convertidas en nitrógeno que será hierba que será conejo que será músculo que moverá la mano diestra del artesano convencido de su trascendencia.

Salir.

Salir y encontrarse con el mundo, y reconocerse en los vientos que traen las viejas canciones de otros pueblos y en los pequeños destellos de la misma lluvia que durante miles y miles de años conmovió a generaciones y generaciones de habitantes perdidos en la misma tierra que ahora habitamos.  

Salir y cerrar la puerta con la firme decisión de no volver jamás. Con la certeza de que no habrá regreso posible. Sentir la lucidez suficiente para saberse totalmente prescindible para las generaciones futuras, para entender que nada de lo que podamos contar, o pintar o esculpir o diseñar o convertir en música servirá para mantenernos aquí. 

Salir.

Salir y cerrar la puerta sin miedos, sin titubeos y sin remordimientos. 

Salir finalmente con la certeza de que dentro, ya no queda nada.