23 de junio de 2017

Lume.



Cuando terminó de escribir su primera novela comprendió que era el momento de dejarlo. El camino había sido demasiado largo, innumerables las dudas y los momentos de desanimo más habituales que las horas de entusiasmo. No. Definitivamente no había nacido para ser escritor. Para que seguir engañándose a si mismo, para que mentir a los demás sobre proyectos literarios que no tenía ganas de iniciar. La sola idea de tener que enfrentarse a una página en blanco le repugnaba, y cada vez era más consciente de que no tenía nada que contar. Antes incluso de llegar a la última página de aquella mediocre novela sabía que no volvería a intentarlo, que sus tiempos de aprendiz de escritor habían llegado a su fin.
Ni siquiera se preocupó en buscar explicaciones. La vida era demasiado breve para perder el tiempo buscando las razones de lo que no puede ser, aunque haya personas que se ganan la vida pensando e incluso comunicando a los demás sus conclusiones, tal vez buscando en el otro una confirmación, una especie de certificado que les sirva para justificar la pérdida de tiempo que supone el pensamiento puro, esa infantil tendencia del ser humano hacia la explicación de si mismo y lo que le rodea.
Estaba cansado de buscar razones, de intentar comprender, de querer creer que las vidas tienen una razón de ser, un objetivo. Durante muchos años había sentido que su meta en la vida, lo que le daría sentido a su existencia, sería ser escritor. Desconocía de donde provenía este afán, pero con el paso de los años fue acumulando lecturas y anotaciones con la esperanza de llegar algún día a ver su nombre en la portada de un libro, de poder decir al mundo que también él pertenecía al grupo de los escritores que escriben.
Y ahora que la novela estaba terminada descubría que le daba igual. La literatura, como todo arte, es cuestión de práctica, y el no tenía ganas de seguir practicando. Tal vez ya no sentía la necesidad de reafirmarse a través de las palabras, de decirle al público estoy aquí y se hacer esto, es mi talento. Se sentía mayor para gritar aquello de mira mamá, sin manos!! Pues en el fondo sentía que la vida de las personas se reducía a esto, a un simple lucimiento de nuestro ego, a una infantil exposición de nuestras virtudes, continua demostración de lo que sabemos hacer, o lo que creemos que sabemos hacer y que se nos da bien. Los deportes, las aficiones, las deslumbrantes carreras profesionales, nuestra actitud en la carretera e incluso la necesidad de dejar claro que somos los padres mas chachis del parque esconde cierta tendencia al lucimiento personal, a la necesidad de se ser admirado. Como escolares buscando reconocimiento de los adultos o de sus iguales, niños de guardería enseñando orgullosos sus dibujo o las niñas que juegan al fútbol convencidas de que tendrá la atención de sus padres por unos minutos.
Entendió que lo que le importaba no era hacer literatura o contar historias más o menos entretenidas. Ni siquiera ser escritor era lo que podía llenar los huecos que las vidas van dejando en nuestros días. Lo que realmente le interesaba era recibir de los otros su dosis de atención, de mimos sociales, de caricias en su ego tan maltratado por él mismo. Por eso, cuando terminó su primera novela decidió deshacerse de todo aquello relacionado con sus penosos avatares literarios. Quemó libretas y papeles viejos, regaló los libros en las esquinas, formateó el disco duro de su ordenador y dejó al alcance de sus hijas las memorias USB. Y sintiéndose libre para expresarse sin preocuparse lo más mínimo por la forma o por el contenido decidió abrir un canal en YouTube para hablar de fútbol o de política y con algo de suerte incluso podría terminar de tertuliano en algún medio de comunicación.